Este artículo fue publicado originalmente por Arizona Sonoran News, un servicio de noticias de la University of Arizona School of Journalism.

Durante más de tres décadas, el muralista Carlos Valenzuela le ha dado eco a la  historia de South Tucson con sus coloridos murales de azulejos.  

Sin embargo, este otoño, enfrentando casi 20.000 dólares en facturas médicas y por ende, la posibilidad de perder su casa, fue Valenzuela quien necesitó ayuda.

Sus problemas económicos llegaron después de que un grave diagnóstico hepático le obligara a pasar varias semanas en el hospital. 

“Fue mi último recurso tras los graves problemas de hígado que me tuvieron hospitalizado durante semanas y del cual todavía me estoy recuperando,” explica el artista, quién en marzo pasado se asoció con la tatuadora local Jennifer Dwyer para crear el mural de la escalera de la Biblioteca de la UoA que todos conocemos ahora. 

Así terminó recurriendo a la plataforma GoFundMe, buscando alcanzar los 5.000 dólares que le permitirían por lo menos sacar la cabeza del agua. 

No esperaba mucho. Como una botella lanzada al mar. 

Pero dos semanas después, ya habia recaudado 5.827 dólares. 

Valenzuela, sorprendido y aliviado, utilizará el dinero para pagar sus deudas y reparar el tejado de su taller en el patio trasero, donde recibe a menudo a jóvenes en situación de riesgo.

Arraigo profundo

En Barrio Hollywood, la casita de adobe donde creció el muralista Carlos Valenzuela está ahora en ruinas. 

“Mi abuelo mexicano construyó esta casita con sus propias manos y mi abuela Yaki vendía sus tortillas allí mismo, debajo de ese árbol. Pero un coche se estrelló contra la casa y ahora es difícil arreglarlas: esas técnicas se pierden,” explica mientras pasea por la vivienda. 

Valenzuela nació en una familia con raíces profundas ancladas en Tucson. Su abuelo puso los cimientos de algunas de las primeras casas de adobe de Tucson. Quizás por eso la vida y la obra de Valenzuela estén profundamente ligadas al desierto y a los barrios de la ciudad. Pintan una historia tanto de lucha personal como de triunfo comunitario, con ese toquecito extra hecho en “LA” que trajo de su infancia californiana.

“Nos mudamos a South Central, en Los Ángeles, muy jóvenes, con mi madre tras el divorcio de mis padres,” cuenta. “Tenía mala fama por las pandillas, pero la violencia más grande era la de la policía. Irrumpían con fuerza y, si eras indocumentado, te deportaban sin pestañear.” 

Recuerda cómo esa utilización sistemática de la fuerza en los barrios creó una atmósfera de miedo y desconfianza en la comunidad, dejando cicatrices duraderas en las familias que sintieron el peso de los prejuicios institucionales contra ellas.

“Los murales también están ahí para curar esas heridas,” dice, y sirvieron hasta hoy como testimonios públicos de lucha y orgullo.

“Mi primer recuerdo de un mural es ese retrato inmenso del Che Guevara en el que se leía ‘NO somos una minoría.’ Y yo no sabía quién era él, ni qué era una minoría, pero sentí que el mensaje me estaba dirigido a mí,” recuerda.   

Fue por los murales que Carlos aprendió sobre su historia indígena y chicana. 

“Aprendimos que nuestros antepasados también eran científicos, médicos, etc. Y eso cambió la comprensión de nuestras identidades,” dice. “Antes nos saludábamos con ‘¿qué tal, puto?’ y ahora es ‘¿qué tal, mexica?’ y eso es en parte gracias a los murales.”

La casa de sus sueños  

Cuando regresó a Tucson para terminar el high school, Valenzuela se mudó con su familia a la misma casa del Barrio Hollywood que ahora se está terminando de deteriorar. Soñaba con comprarse una cuando fuera mayor, “pero no ofrecían préstamo para esas casitas de adobe”, dice. 

A principios de la década de 2000, a Carlos se le presenta la oportunidad de comprar una casa en la ciudad para criar a sus tres hijos.

“La compré por 75.000 dólares,” recuerda mientras pasea por el jardín delantero de su hogar, donde juegan sus dos pitbulls. 

Era una casa de segunda mano, pero era suya. En aquella época, vivir en la zona aún parecía un sueño alcanzable; “la gente como yo podía comprar una casa,” dice. Ahora, la casa vale un cuarto de millón de dólares, reflejo de las mutaciones sociodemográficas que han reconfigurado la zona.  

El Barrio Hollywood y el sur de Tucson, como muchas zonas tradicionalmente obreras del país, han experimentado rápidos cambios en los últimos años. A medida que los precios de la vivienda en Tucson siguen subiendo—un 7% en el último año, según Zillow—, esas comunidades se encuentran cada vez más enfrentadas a retos. 

Para Valenzuela, “la gentrificación es un gran monstruo.” 

“Los compradores de afuera vienen con dinero y pagan precios ridículos por las propiedades, y nuestras comunidades se están diluyendo,” dice. “Algunos ancianos mueren por la depresión que provoca esto. No son sólo edificios. Son vidas humanas.”

Valenzuela dice que su madre fue la que le enseñó a considerar la construcción de la comunidad como un espacio donde los individuos “se cuidan los unos a los otros.” 

“Los inmigrantes llegan a Estados Unidos y se encuentran con un sistema que desconecta a la gente de su lengua, de su cultura, pero tienen este espacio de amabilidad, conexión, lucha común,” dice.

Un líder comunitario querido y respetado

Para su viejo amigo Daniel Buckley, antiguo redactor cultural del Tucson Citizen, “lo que Carlos ha hecho es más que arte.” Los murales en South Tucson, dice, sirven como símbolos de transformación, particularmente en barrios como en el que vive Valenzuela, que han experimentado altos índices de criminalidad en el pasado. 

“South Tucson no es el mismo lugar que era en aquel entonces [década de 1990], y Carlos es una gran parte de eso,” agregó. 

Durante 30 años, Valenzuela ha ayudado a crear varios talleres, a los que acuden todavía chicos en libertad condicional o procedentes de centros de detención de menores. 

“Todo es cuestión de transmisión. Entre los 17 años, cuando empecé a hacer murales, y los 20, tuve el privilegio de tener dos mentores. Linda Haworth, que me enseñó a utilizar el horno para la cerámica y a preparar el vidrio, y Alex Garza, que al principio tenía que supuestamente enseñarme a esculpir, pero acabó siendo mi colaborador,” explica. 

Con el escultor de Tucson Alex Garza, Valenzuela empezó a ofrecerles oportunidades a jóvenes locales de comunidades de color para que pinten murales utilizando un material innovador que resiste las condiciones extremas del desierto. 

Carlos Valenzuela stands in front of Las Artes Learning Center, where he was an educator for 13 years. Credit: Flo Tomasi

“Algunos de mis alumnos no sabían dibujar cuando llegaron. Acaban haciendo murales enteros,” explica.  

Así empezó el programa educativo Las Artes Youth en 1996 con Garza y el colectivo Xtrum. 

“Empezamos a tocarles las puertas a los políticos para conseguir un espacio que mantuviera a nuestros jóvenes fuera de las calles o les permitiera tomar otro camino y obtener su GED,” dice Valenzuela. “Con esos chavos hablamos de Martin Luther King, de derechos humanos. Eso cambió radicalmente la percepción que tenían de sí mismos.”  

El programa no llevaba estadísticas periódicas en aquella época, pero Valenzuela recuerda las celebraciones de graduación que realizó durante 13 años, el tiempo que dedicó a este programa que aún existe. Era cuestión de compartir el camino pero la fiesta también. Esa felicidad no se le olvida. 

“Enseñar en Las Artes está entre mis recuerdos más felices,” dice. “Luego Alex y yo viajamos a San Francisco, donde instalamos el Tonalmachiotl más grande del mundo, y a Los Ángeles, en Watts, un barrio negro e hispano de Los Ángeles, donde empezamos a cubrir con pinturas de colores las columnas de la autopista.”

Esta idea de reapropiarse relatos y espacios le dio forma a su trabajo en Tucson, donde Carlos se centró en ayudar a los jóvenes a contar su historia a través del arte. 

Asi fue que durante dos décadas, en la reserva Pascua Yaqui, junto a jóvenes locales, ayudó a crear murales que hablaban de sus raíces indígenas y su herencia chicana.  Imposible no toparse con uno de ellos. 

“Era la comunidad diciéndome: ‘Estamos contigo.’” 

Buckley confiesa que Valenzuela no se daba cuenta de lo mucho que significa para su comunidad, hasta hace poco. 

Tras enfrentarse a una disminución de encargos de obras debido a la pandemia, el artista empezó a luchar contra una enfermedad pancreática que le provocó una drástica pérdida de peso. Al igual que el 16% de los adultos en edad laboral de Estados Unidos, el artista carece de seguro médico. Se acabaron los subsidios de la época de la pandemia que reducían el coste del seguro médico para muchos, especialmente en los estados que no ampliaron Medicaid en virtud del Affordable Care Act. Como resultado, millones de estadounidenses se ven amenazados por una deuda médica, especialmente aquellos que, como Valenzuela, tienen que enfrentar elevados gastos de repente y no tienen suficiente cobertura de seguro. 

“Las facturas no paraban de acumularse,” dice. “Trabajo por contrato y a veces tengo que esperar varios meses antes de terminar una pieza, entregar una pieza y cobrar.” 

Fue cuando su deuda médica estuvo a punto de costarle la vivienda que decidió lanzar la campaña de crowdfunding en GoFundMe como último recurso, justo después del inicio del Mes de la Herencia Hispana a mediados de septiembre. La publicó con un vídeo en el que aparece tal y como es, humilde y sincero. 

El objetivo de 5.000 dólares llegó en forma de pequeñas donaciones, de 5 o 10 dólares cada vez, que se fueron sumando poco a poco hasta convertirse en un salvavidas para Valenzuela.

“Significa mucho; es la comunidad diciendo: ‘Estamos contigo,’ dice su amigo Buckley.

De hecho, cuando publicó el llamado de su amigo en su perfil de Facebook con algunas imágenes de su trabajo, la gente empezó a comentar: “¡Oh, ese tipo! Claro que le conocemos!”, reconociendo su trabajo por toda la ciudad, desde el “Árbol Parlante” o “La Madre” en East Alameda Street que creó con la artista local nativa de Menlo Park, Racheal Ríos, hasta su más popular “Mural del Tatuaje” en South Tucson. 

Esas mismas personas, que lo identificaban por las obras que fue regalándole a la comunidad a lo largo de su historia, la casa de Valenzuela sigue siendo suya y en pie. Un recordatorio de que los edificios pueden estar derrumbándose, pero las comunidades, cuando se unen, pueden sostenerlos. 

Recientemente, se acercaron al muralista para comprar su casa, admirando el “hermoso mural de la Virgen de Guadalupe” del exterior.

“Para ellos es una inversión. Para mí, son recuerdos. Mis hijos crecieron aquí,” dice Valenzuela. “Prefiero perderla y quemarla yo antes de venderla.”

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Flo Tomasi is a community driven Franco-Venezuelan journalist and master’s graduate in bilingual journalism at the University of Arizona, specializing in reporting on conflict zones and border dynamics...