En el verano de 1980, Dora Rodríguez casi muere en el Monumento Nacional Cactus Pipe Organ. Junto con un grupo de 30 personas —la mayoría de ellas huyendo de la violencia y de los inicios de una sangrienta guerra civil en El Salvador—, acababa de cruzar la frontera. Rodríguez tenía 19 años.
Mientras el grupo se internaba en el desierto, Rodríguez escribe en sus memorias recientemente publicadas, “Dora: A Daughter of Unforgiving Terrain” (Dora: Una hija de un terreno implacable): “Dependíamos completamente de los dos coyotes mexicanos para que nos cuidaran, y comenzábamos a entender que no sería un simple paseo hacia la libertad”.
El grupo pronto se perdió, y Rodríguez y los demás pasaron varios días aterradores bajo el sol, buscando desesperadamente sombra, arrancando plantas del desierto para obtener algo de humedad —reducidos a beber orina y colonia. Vio morir a 13 de sus amigos y compañeros.
El libro de memorias, coescrito con Abbey Carpenter y publicado a inicios de julio, narra en detalle esa experiencia traumática y mortal en el desierto.
Es una realidad que han sufrido decenas de miles de migrantes que han cruzado la frontera entre Estados Unidos y México, muriendo en su búsqueda de seguridad, libertad o empleo en Estados Unidos.
Rodríguez fue rescatada, pasó una semana en el hospital y luego fue ingresada en la cárcel del condado de Pima antes de que organizaciones de derechos humanitarios pagaran su fianza.
Aunque le tomó meses recuperarse físicamente y décadas asimilar lo que vivió, dice que nunca fue derrotada.
Su experiencia la impulsó a convertirse en trabajadora social, criar a cinco hijos y acoger a muchos más como familia de acogida, además de fundar su propia organización de derechos de los migrantes, Salvavision, todo desde su hogar en Tucson.
Aunque gran parte del libro se centra en la experiencia en el desierto, lo que Rodríguez aprendió de ello, cómo la transformó y fortaleció, e inspiró su vocación de servicio, es el mensaje final de su obra.
“Siempre tuve un espíritu organizador y una pasión por crear mejores lugares para las personas”, escribe Rodríguez.
Esta entrevista ha sido editada por claridad y extensión.
P. La primera oración de tus memorias dice: “Sano en honor a mis amigos”. ¿Por qué comenzaste con esa frase, y escribir este libro fue una forma de seguir sanando?
R. Porque las vidas de esas personas que murieron en el desierto fueron arrebatadas en una tragedia horrible. Sus familias nunca más los volvieron a ver, nunca vieron dónde dieron su último aliento. Para mí, si no escribía la historia, si no hiciera el trabajo que hago, no sé cómo podría sanar. Así que lo hago en honor a ellos. Y mi esperanza es que ahora, al contar esta historia, ellos vivan incluso después de que yo ya no esté. Quiero que su historia sea reconocida.
Quiero que la gente sepa que las personas siguen muriendo en los desiertos. Las tres hermanas (que estaban en el grupo con ella, de 12, 14 y 16 años – todas murieron) eran tan jóvenes. Es algo que nunca debió haber sucedido, pero sucedió. No sé si uno realmente sana de este tipo de tragedia y trauma. No lo sé, pero lo que sí sé es que puedo compartirlo.
P. ¿Cómo llegaste al punto de no solo poder hablar de tu experiencia, sino escribir un libro de memorias al respecto, además de estar tanto tiempo como voluntaria en el desierto?
R. Pensé que ya estaba sana. Pensé: “Está bien, eso quedó en el pasado, estoy bien, estoy avanzando, estoy haciendo todo este trabajo humanitario”. Pero cuando regresé por primera vez al lugar donde fui rescatada, pude ver cada momento de esa tragedia desarrollándose. Pude escuchar las voces. Pude escuchar los gritos. Pude ver la ropa tirada por todas partes.
Pude ver a mis amigos muertos bajo los arbustos y los árboles. Y me derrumbé y les dije a las personas que estaban conmigo —algunos de mis hijos estaban ahí—, les dije: “Este es el lugar. Aquí fue”. Lo sentía.
Es muy interesante cómo el trauma se guarda en un compartimento de tu cerebro, de tu alma y de tu corazón. Pero en el momento en que lo tocas o algo lo detona, sale de nuevo. Creo que eso también me dio la fuerza para hablar.
Porque si lo mantenía en ese compartimento, algún día iba a salir y quién sabe de qué forma. Y no quería eso. Realmente valoro el hecho de que puedo estar ahí afuera, en el desierto, ayudando a alguien, o en la frontera en Nogales, Sonora, o aquí en nuestra comunidad, y abrazar a todas estas personas de todas partes, y cada persona tiene su propia historia.
Creo que es un regalo de fortaleza que tengo, y creo que nací con él. En el libro escribo sobre cómo fui tan independiente desde pequeña mientras crecía en El Salvador. Todos sanamos de manera diferente. Lo que también me ha ayudado es estar involucrada en la comunidad.
P. ¿Cómo ha cambiado la frontera desde aquel momento en 1980 cuando cruzaste hasta hoy?
R. Siempre he dicho que no le doy todo el crédito a Trump por tanta crueldad, porque eso ya venía desde antes, de parte tanto de demócratas como de republicanos. Lo único que creo que ahora es mucho peor el racismo en contra de nosotros.
He estado aquí tanto tiempo, he hecho de todo: fui a la escuela, trabajé, me jubilé, y nunca sentí que, de un momento a otro, podría ser arrestada por verme diferente o por tener acento. Eso sí es nuevo. En 45 años de vivir aquí, nunca había sentido ese miedo.
Pero la comunidad también ha cambiado: el movimiento santuario, los grupos por los derechos de los migrantes. Estoy en una comunidad que comparte mis creencias, en el trabajo de salvar vidas y estar presentes todos los días, acompañando a quienes sufren a causa de estas políticas fronterizas. Así que creo que fue ahí donde mi voz se hizo más fuerte y perdí el miedo a hablar de esto. Simplemente siento que tengo una obligación moral de contar mi historia.
P. Volviste a conectar con el fotógrafo, Michael Ging, quien tomó la foto tuya (ver foto aquí), aparentemente sin vida, en los brazos del agente de la Patrulla Fronteriza mientras te rescataban. ¿Qué sientes al ver esa fotografía? ¿Te reconoces?
R. Nunca había visto esa foto hasta que empecé a hablar públicamente sobre mi historia. Eso fue en 2019. Tomaron todas esas fotos, las vendieron, se hicieron populares, pero nosotros nunca las vimos. Al menos yo nunca las vi. Yo seguí con mi vida. Y luego, en 2019, cuando decidí empezar a compartir mi historia, Bud Foster hizo un reportaje (en KOLD) y encontró esa foto en el archivo. Me dijo: “Tengo algo que mostrarte”. Y me quedé impactada. Dije: “¿¡Qué!? Esa soy yo”. Esa fue la primera vez que me vi en tan malas condiciones.
Solo dije: “Oh shit, tengo suerte de estar viva”. Porque me veo sin vida, ¿sabes?, sin vida ya, casi muriendo. Pero fue cuando me dije: “Es un regalo, la verdad, mi vida. My life is a gift.
P. ¿Cómo ha cambiado El Salvador a lo largo de las décadas desde que te fuiste por primera vez?
R. Puedo ver los patrones de los gobiernos autoritarios y me aterran, porque mi hermana, su familia, mis hermanos todavía están en El Salvador.
Este nuevo gobierno en El Salvador es muy hábil. Porque si vas a El Salvador, la mayoría del país ama al presidente (Nayib) Bukele.
Habíamos perdido el alma como país con tanta muerte por las pandillas. Y Bukele acabó con eso. Así que la gente en las calles te dirá que es el mejor momento que hemos vivido. Amamos a nuestro presidente, amamos a nuestro país. Pero lo que me asusta es que no hay contrapesos en nuestro país. Y eso también me da miedo aquí. No hay suficientes contrapesos. Hay demasiado autoritarismo.
P. El día después de que se publicó tu libro, fuiste al lugar donde te rescataron. ¿Puedes explicar qué pasó?
R. El día después del lanzamiento de mi libro fue justo al día siguiente del aniversario de nuestro rescate. Durante los últimos 10 años hemos ido a colocar cruces y rendir homenaje en ese sitio, para recordar a las personas que murieron. He ido con muchos estudiantes, universidades y delegaciones que quieren escuchar la historia de lo que nos pasó.
Pero ese día, después de presentar mi libro, nos abordaron los agentes y nos pidieron que nos fuéramos, porque es tierra federal, un monumento nacional, y no se supone que puedas conducir por ahí o necesitas un permiso, que probablemente sea imposible de obtener.
Los dos agentes estaban muy molestos de que estuviéramos ahí, y yo les dije: “Lo siento, no lo sabíamos”, y le conté un poco de nuestra historia al supervisor, quién era yo y qué estábamos haciendo, que acabábamos de bendecir las cruces con el sacerdote.
Y el agente me dijo que no podíamos estar ahí, y yo le respondí: “Es una lástima, porque alguien debería estar presente en esta área, porque la gente está muriendo”.
A ella no le gustó mi respuesta, pero necesitaba escucharla. Al final nos dio una multa de 180 dólares. Y me siento muy triste y con mucho miedo de que probablemente decidan quitar las cruces, porque no se permite tener monumentos en el Parque Nacional. Pero justo al lado de nuestras cruces hay una enorme torre de vigilancia de la Patrulla Fronteriza.
Mientras sigan existiendo estas políticas y mientras tengamos un gobierno antiinmigrante, la gente seguirá muriendo en este desierto. Así que tenemos que seguir ahí afuera.
Traducción Beatriz Limón


