NOGALES, Sonora — Francisco Trujillo repasó la anatomía de una prótesis utilizando la pierna protésica desechada de un joven.
Un garrafón de plástico cortado servía como el encaje, la pieza que conecta la prótesis al cuerpo, sujetando una muleta parcial de metal a un zapato.
Trujillo colocó la prótesis de pierna improvisada contra la pared, donde otras piernas manufacturadas estaban sujetas con cinta, hilo y madera.

Esas prótesis temporales llevan a las personas a la clínica de Arizona Sonora Border Projects for Inclusion (ARSOBO), una organización sin fines de lucro con sede en Nogales, Sonora, que fabrica y suministra equipo médico para personas con discapacidades, principalmente en la región fronteriza. Y quienes las necesitan salen de la clínica con una prótesis personalizada, una silla de ruedas o un dispositivo auditivo —a bajo costo o sin costo alguno—, brindando un servicio vital que muchos consideran necesita financiamiento.
“Desearía que el gobierno usara nuestros dólares de impuestos para proporcionar todos esos dispositivos a la gente, para que nosotros no tuviéramos que existir… Pero la necesidad está ahí”, dijo Trujillo, cofundador y director ejecutivo de la clínica.
A través de colaboraciones y alianzas transfronterizas, la fábrica comenzó hace más de 15 años. Especialistas, incluidos médicos, brindan servicios y capacitación a pacientes y personal, algunos de los cuales también tienen discapacidades.
En 2009, Trujillo, ingeniero industrial, y el Dr. Burris Duncan, pediatra y profesor emérito de Pediatría y Salud Pública en la Universidad de Arizona, fundaron la clínica. La organización se creó tras una Conferencia Fronteriza sobre Discapacidades en Nogales en 2008, con un enfoque inicial en la fabricación de sillas de ruedas. Desde entonces, ha atendido a más de 3,000 personas de 97 comunidades en 13 estados de México, así como a migrantes de Honduras, El Salvador y Guatemala.
Hoy, el taller está bien equipado con equipo de segunda mano y materiales de calidad, como silicón. Trujillo muestra las filas de armazones y ruedas en varias etapas de ensamblaje, listos para convertirse en sillas de ruedas RoughRider, fabricadas específicamente para terrenos difíciles.
“Hemos notado que esta silla es perfecta para quienes viven en ranchos o comunidades rurales”, dijo.
La fábrica está trabajando actualmente en un pedido de 80 sillas de ruedas para la Nación Tohono O’odham. Las ruedas y la distribución del peso de la RoughRider la hacen ideal para quienes viven en zonas con infraestructura deficiente, dijo Trujillo.

Gabriel y Federico tienen discapacidades. Ellos construyen sillas, uno soldando y el otro pintando. Se contrata a empleados con discapacidades como modelo de negocio, dijo Trujillo. Desde 2009, la clínica ha capacitado y contratado a 22 empleados con discapacidades, según su sitio web. Desde 2013, se han fabricado y adaptado cientos de prótesis.
Trujillo recordó a un niño pequeño que recibió una pierna protésica tras un accidente en “La Bestia”, un tren de carga mexicano que con frecuencia abordan migrantes centroamericanos rumbo al norte.
Una mujer dormía en el tren y cayó, jalando al niño mient ras caía, relató Trujillo. “El niño perdió la pierna y ella perdió el brazo”.
La clínica ayuda a quienes tienen pocos recursos para ayudarse a sí mismos, dijo Trujillo. Algunas personas llegan con prótesis hechas a mano, que a menudo resultan incómodas y pueden causar daños a largo plazo, como llagas y lesiones por sobreuso, porque no están adaptadas de manera personal ni fabricadas de forma sostenible.
Tras años de viajar de Nogales, Sonora, a Los Ángeles para conseguir sus prótesis, Jordin Castro, de 22 años, ahora recibe en la clínica su equipo y adaptaciones por encima de la rodilla.
“Siempre eran como 500 dólares para ir (a Los Ángeles). Aquí en ARSOBO no he gastado ni un centavo”, dijo.
Castro, quien nació sin piernas, asegura que su experiencia en la clínica lo ha inspirado a trabajar allí.
“Formar parte de ARSOBO es un motivo de orgullo para mí porque me han ayudado con todo, y me gustaría ayudarlos de alguna otra manera también”, comentó.
Esa satisfacción de los pacientes motivó al protesista Eddie Escobar. Él fue voluntario en Sonora mientras trabajaba para Hanger Clinic en Tucson. En la clínica mexicana, vio a pacientes que habían viajado durante días y luego aprendían a moverse con soltura.
“Las personas son diabéticas o han tenido accidentes. Llegaban a la clínica devastadas”, dijo Escobar, ahora jubilado. “No pensaban que iban a poder caminar y veían a otros pacientes que sí caminaban. Es un lugar realmente valioso”.
La fábrica comenzó a producir aparatos auditivos análogos hace unos 10 años. Pero debido a que esos dispositivos —más baratos y que funcionan amplificando los sonidos— ahora son en su mayoría digitales, las fuentes de suministro son escasas.
“Ya no podíamos conseguirlos en Estados Unidos”, explicó Trujillo. “Así que ahora tenemos que cambiar a digitales, y eso va a duplicar el costo”.
El costo promedio por par de aparatos auditivos en Estados Unidos es de 4,600 dólares, según un estudio de 2025 sobre desigualdades en el uso de estos dispositivos. Pero la fábrica mantiene los costos bajos —alrededor de 650 dólares por par—. Los suministros provienen de la India y la fábrica colabora con fabricantes estadounidenses para ayudar a crear aparatos digitales más accesibles.
A medida que los costos aumentan, la fábrica se ha expandido a servicios de seguridad auditiva ocupacional para fábricas locales, o maquiladoras. Ofrece pruebas de audición requeridas por la ley laboral mexicana para lugares de trabajo con ruido superior a 80-90 decibeles. La clínica invirtió en cabinas portátiles a prueba de sonido y audiómetros desarrollados en África. La clínica ya certificó a un técnico y espera lanzar oficialmente el programa el próximo año, dijo Trujillo.
“Ahora estamos depurando todo”, comentó Trujillo. “Una vez que estemos listos, volveremos a las maquilas y diremos: ‘Miren, estamos certificados y listos para brindar el servicio’”.
La clínica también ha agregado terapia de rehabilitación, fundamental para los pacientes que usan nuevas prótesis o que enfrentan problemas de movilidad.
Trujillo espera que la expansión sostenga el alcance de la clínica, pero sin más ingresos e inversión, el programa no podrá continuar, dijo.
“No se necesita mucho dinero para cambiarle la vida a alguien. Eso es algo que realmente he aprendido aquí”, afirmó. “Simplemente tienes que querer hacerlo”.
Traducción: Beatriz Limón


