Este reportaje es parte del Deportation Tracker, un proyecto del Border Center for Journalists and Bloggers en colaboración con Arizona Luminaria y La Silla Rota y con el apoyo de Global Exchange.
Capítulo 2
Mariano tiembla. Tal vez de frío, tal vez de miedo, tal vez de rabia. Tiene la mejilla pegada al asfalto, duro y sucio, bajo un auto oxidado que huele a aceite viejo. El corazón le late tan fuerte que cree que los policías de migración podrían escucharlo si se acercaran.
Cuando Mariano vio llegar la camioneta de la Patrulla Fronteriza, hizo lo que ha hecho toda su vida: huir. Pero no huyó para salvarse a sí mismo, sino para salvar a sus hijos, a su familia.

Aproximadamente una hora antes, limpiaba la cocina, en la que su esposa Yesenia había preparado arepas y empanadas venezolanas que vendía fuera de supermercados y gasolineras en Tucson. La rutina diaria de la familia en un lugar que no era su hogar, pero donde luchaban por sobrevivir.
Tres días antes del Día de San Valentín de 2025, su vida fue interrumpida por la llamada que ningún migrante en Estados Unidos quiere recibir. La voz de Yesenia, al otro lado del teléfono, sonaba alterada, entre la confusión y el miedo. Había sido detenida por oficiales de tránsito por conducir a baja velocidad. Minutos antes, una mujer a quien se acercó para ofrecerle arepas comenzó a insultarla fuera de un QuickTrip. Yesenia no entendió completamente el significado de las palabras, pero sí el desdén en el tono. No necesitaba hablar el idioma para reconocer el menosprecio en su voz que la hizo guardar sus productos y manejar a casa.
Mariano colgó el teléfono y salió corriendo en chanclas, sin pensar en otra cosa que en su familia. Yesenia estaba con dos de sus hijos cuando la detuvieron. Mariano llegó, se presentó y pidió bajar algunas pertenencias de su camioneta. Sin embargo, todo parecía ir demasiado lento. Los oficiales hablaban entre ellos, hacían tiempo, como si esperaran algo más.
Entonces las vio. Reflejado en la ventana miró las luces de una patrulla blanca con verde, inconfundible, una patrulla de la Migra. “Me voy”, le dijo Mariano al anciano de una iglesia a la que asistía la familia y que había acudido en su ayuda. Tomó un segundo, solo uno, para mirar a sus hijos. Se quitó las chanclas, dice que así corre más rápido, y huyó.
Mariano recibió un mensaje de Yesenia: “Corre”. Pero él ya estaba lejos, descalzo y corriendo, buscando un refugio. Con el pulso acelerado, marcó a su hermana. En minutos, ella salió a buscarlo. Mientras tanto, Mariano saltaba bardas, se deslizaba entre muros y maleza, se ocultaba en un estacionamiento de un Donut Wheel y en los patios de una escuela cercana. “A mí no me iban a agarrar”, recuerda.
Tras un tiempo que se hizo eterno, Mariano se quitó la sudadera y la gorra que llevaba puesta y se dejó caer debajo de un auto oxidado. Le mandó su ubicación a su hermana y esperó, impotente. Cada ruido le parecía un peligro. La Migra no se daba por vencida, como si se tratara de un delincuente. Una hora antes, limpiaba su cocina.
Mariano no lo sabía, pero pasaría días sin noticias de su esposa ni de sus hijos y semanas antes de volver a verlos. Su vida, como la conocía, ya había terminado.
Por enésima ocasión volvería a migrar; ahora, no hacia el norte, sino al sur, al mismo sur del que había huido siendo apenas un muchacho de 18 años.
La primera huida
A Mariano siempre le gustó vestirse de blanco. El uniforme de la Marina venezolana contrastaba con su piel oscura y a él le gustaba ese contraste. También le gustaba tener algo parecido a un futuro. A los 18 años, tener uniforme, horario y un sueldo que alcanzaba para vivir, era más de lo que muchos tenían. Incluso, en diciembre, con su aguinaldo, pudo comprarle a su madre toda la línea blanca de su casa.
Capítulo 2 de 3
Esta serie de tres partes narra el desgarrador recorrido de una familia desde Venezuela, a través del corazón de las políticas antiinmigrantes de México y Estados Unidos, hasta su vida en Tucson.
Las historias se basan en más de una docena de horas de entrevistas realizadas por periodistas de Arizona Luminaria y La Silla Rota con Yesenia y Mariano en un pueblo a las afueras de la Ciudad de México, así como en entrevistas con familiares y amistades, registros públicos, archivos de audio y mensajes intercambiados entre Yesenia y Mariano durante más de siete meses.
Todo cambió en 2015, durante un viaje a La Orchila, la isla presidencial, remota y militarizada de Venezuela. Ahí fue asignado al área de comunicaciones. Su trabajo era claro: anotar todo lo que subiera y bajara del barco. Sin embargo, un día llegó una orden: “No apuntes las cajas que están ahí”. Se trataba de alrededor de 180 cajas cargadas de armas y municiones.
De regreso a La Guaira, empezaron a descargar las cajas. Él, como era su deber, empezó a apuntar. El capitán del barco se dio cuenta de esto y lo llevó al puente del barco, tomó su libreta y borró los registros. “Primera y última que me hace esto”, le advirtió. Mariano obedeció. Pero ya no pudo seguir. Ese mismo día supo que tenía que irse.
Ese año, la economía venezolana comenzaba a derrumbarse. La inflación devoraba su salario, el bolívar se desplomaba y el salario militar ya no bastaba. Las órdenes eran más oscuras. Las amenazas más frecuentes.
Sabía que desertar podía costarle la cárcel. No obstante, a los pocos días, huyó. Tomó su ropa, falsificó su propia baja y se fue sin mirar atrás. Desde entonces, no ha podido regresar. “En cuanto lean mis huellas, voy directo a la cárcel. Yo no tengo la opción de volver a Venezuela”.
A veces se arrepiente. A veces dice que hubiera sido mejor quedarse callado, seguir la carrera militar, aguantar. “Allá, con todo y todo, tenía a mi familia. Acá me he arrodillado por un techo, por una comida. Allá hubiera tenido poco, pero tranquilo con mis hijos en mi país”.
Pero no lo hizo. No se quedó. Huyó. Y esa fue su primera huida.

Comienzo del éxodo
Mariano logró salir de Venezuela. Primero a Colombia. Pero no tardó en arrepentirse y, quince días después, regresó a casa de su madre. Sin embargo, el miedo de terminar en la cárcel de Ramo Verde, reservada específicamente para militares, lo convenció de huir de nuevo. Esta vez, en serio. Esa sería la última vez que vería, en persona, a su madre.
“Si yo no hubiera tenido un problema, yo me quedo a pasar hambre, a pasar lo que sea en mi país”, dice.
Sobrevivía con lo que podía y trabajaba donde le daban oportunidad, aunque nunca dejó de pensar en Venezuela. Seguía en contacto con familiares y amigos a través de redes sociales. Entre ellos Yesenia, a quien conoció en Facebook. Platicaban día y noche. De mensajes pasaron a llamadas. De las llamadas, a los planes. Y un día, sin pensarlo demasiado, Mariano la invitó a mudarse con él.
Yesenia dudó, pero aceptó. Sabía que tenía que escapar, por ella y por sus hijos. Cruzó fronteras para llegar a él, sin saber que años más tarde, sería Mariano quien haría lo mismo por ella. Ella llegó embarazada. Huía como él, no del hambre ni del sistema político, pero sí de la violencia doméstica, de las cicatrices que, dijo, su esposo dejó marcado en su piel. Meses después, Mariano pagó para que el hijo mayor de Yesenia se uniera a ellos.
Ya con una familia a su cargo, Mariano se mudó a Perú. Luego a Ecuador. Pasan seis años mudándose entre Colombia y otros países sudamericanos. Seguía los pasos de sus hermanas, que también habían salido de Venezuela buscando una vida mejor.
El éxodo venezolano se inició gradualmente en 2014, pero se intensificó a partir de 2018, empujado por el colapso económico, político y social del país. Según la Naciones Unidas, se trata del segundo mayor y más rápido desplazamiento humano en el mundo, después de la guerra en Siria. Cerca de 7.9 millones de personas han salido del país en busca de mayores oportunidades, según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados.
A donde llegaba, Mariano trabajaba. Pintaba, construía, manejaba y cocinaba. No le huía a nada. Nunca soñó con Estados Unidos. Mucho menos con México. Pero uno de sus primos le habló de Canadá, de que allá, o en EU, alguien como él, con sus manos, podía ganar bien.
Sin apego a nada más que a Venezuela y con la promesa de una mejor paga decidió caminar hacia el norte. “Mi mente era trabajar, hacerme de un plantecito (dinero) y regresarme a Colombia y montar mi negocio”, confiesa.

El Darién
Mariano emprendió su viaje en 2022 con 70 dólares y un celular roto en los bolsillos.
Cruzó Colombia en camiones de carga y otros a los que subía, a veces, sin permiso. Pasó por varios albergues de la ONU en los que pudo comer, asearse y donde le regalaron una mochila azul, que llenó de ropa, agua y productos de higiene.
Al llegar a Necoclí pagó 50 dólares a un grupo de guerrilleros colombianos para que lo llevaran en lancha a la selva del Darién, el territorio que une Colombia con Panamá. Ingenuamente creyó que ese monto era el pago para cruzar el famoso y mortal tapón continental; sin embargo, pronto se dio cuenta que solo eran para dejarlo a las puertas de ese laberinto implacable.
El Darién es uno de los pasos migratorios más peligrosos del mundo. Cada año, miles de personas se aventuran por sus senderos cubiertos de lodo, ríos turbulentos y unas montañas que crean una barrera natural entre Sur y Centroamérica. De acuerdo con la ONU, tan sólo en 2024, 174 migrantes habrían muerto al intentar cruzar esta selva.
Sin dinero, sin ayuda, sin otro plan, Mariano se acercó al hombre que mandaba en el campamento al que llegó. Era un tipo al que todos parecían temerle. Se le acercó con respeto. Le explicó que solo le quedaban 20 dólares, que ya había pagado todo lo que tenía en la lancha, pero que quería seguir.
Tal vez fue su atrevimiento, tal vez su forma de hablar sin rodeos, pero aquel hombre lo miró de arriba abajo, dudó unos segundos y le dijo que se quedara quieto. Horas después, cuando partió el siguiente grupo, le hizo una seña con la cabeza. “Síguelos”, le indicó.
A partir de ahí, Mariano sobreviviría haciendo favores. Cruzó el Darién cargando mochilas de otros migrantes a cambio de comida, ayudaba a escalar a otros a cambio de agua y cargaba a niños que no podían cruzar el fango, un fango que cubría los cuerpos de algunos migrantes que se quedaron a mitad del camino.
Así pasaron seis días, hasta llegar a Bajo Chiquito, donde fue golpeado y extorsionado por soldados panameños. Le pedían 4,000 dólares. Mariano recuerda el frío fusil del soldado sobre su cuello, mientras le ordenaban vaciar la mochila azul, que lo acompañaba desde Colombia. “Creyeron que era haitiano y traía dinero”, dice. Pero “yo solo iba con Dios y la Virgen”.
Mariano se intentó defender, lo que provocó el enojo de los militares que lo lanzaron al suelo, le apuntaron y le exigían dinero. Esta escena ocasionó que las personas a las que ayudó en el camino suplicaran por él. Ante ello, el soldado que lo tenía sometido, lo soltó y le advirtió: “Si mañana te veo en el camino, te mato”. Mariano tomó su mochila y volvió al camino.
Una vez cruzada la selva, se comunicó con Yesenia y fue hasta ese momento que le informó a su madre su intención de llegar a Estados Unidos.
Trabajó en Panamá, Costa Rica y Nicaragua. Cruzó sin demora Honduras y llegó a la frontera mexicana. Específicamente a Tecún Umán, un pueblo entre Guatemala y Chiapas. Recuerda bien ese pueblo, de letreros iluminados y donde hombres armados con machetes intentaron asaltarlo.
Una vez en Arriaga, Chiapas, la suerte le cambió. Conoció a un mexicano que no solo le ofreció casa, sino trabajo pegando cerámica. “Buen amigo”, repite varias veces. Juntó dinero para viajar a la Ciudad de México, donde trabajó en la construcción. Siempre la misma fórmula: trabajar, juntar dinero y subir todos los kilómetros posibles.
Así, llegó a Monterrey. Ahí trabajó una semana vendiendo dulces, haciendo de todo. Juntó lo necesario para el último tramo: Piedras Negras, Coahuila. En menos de dos meses, ya se encontraba en la frontera con Estados Unidos.

El salto al norte
El mismo día que llegó a Piedras Negras, buscó el Río Bravo. No quería ser detenido por las autoridades mexicanas. Semanas atrás, un incendio en un centro de detención migratoria ubicado en Ciudad Juárez causó la muerte deal menos a 40 personas. Mariano tenía miedo de ser llevado a uno de estos centros, por lo que, sin pensarlo mucho más, saltó al agua con nada más que su mochila azul que cargaba desde Colombia.
Por el incendio, Francisco Garduño Yáñez, en ese entonces titular del Instituto Nacional de Migración (INM) fue vinculado a proceso por su probable responsabilidad respecto a la seguridad de los migrantes recluidos en la estancia migratoria de Ciudad Juárez, falta de agua potable, de alimentos y la ausencia de salidas de emergencia y protocolos de protección civil en dicha instalación.
Tiempo después, Garduño, que no dejó el cargo y fue defendido por abogados del propio INM, fue exonerado y se mantuvo como funcionario del nuevo gobierno durante unos meses.
La corriente empujó a Mariano, sus brazos se entumieron por el frío. Pero cuando salió del agua, ya estaba en Texas. Se cambió de ropa y caminó hasta el muro de púas, la última barrera que tenía que sortear. Mariano tomó su mochila de la ONU, la vació, y con los brazos enroscados la usó como escudo.
“La metí debajo del alambre de púas y la levanté para que pudieran pasar las mujeres y los niños”.
Minutos después, se entregó a las autoridades migratorias. Confiaba en que su pasado militar lo ayudaría a recibir asilo político.Sin embargo, él dice que pasó 17 días detenido en “las hieleras” (the iceboxes). De acuerdo con los Estándares Nacionales de Transporte, Escolta, Detención y Registro de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos, los migrantes no deben estar encerrados más de 72 horas en estos centros temporales de procesamiento. Estas instalaciones migratorias han recibido numerosas críticas debido a las condiciones inhumanas que enfrentan las personas detenidas, que incluyen temperaturas gélidas, comida insuficiente, la falta de camas, luces encendidas constantemente, y hacinamiento.
La Border Patrol no respondió a varias solicitudes de comentarios sobre los señalamientos de Mariano.
Al llegar, le pidieron que se desnudara, que se bañara, que entregara sus cosas, ahí perdió su mochila azul que lo acompañó por siete países y miles de kilómetros.
“Ahí me hacen el miedo creíble”, recuerda. No lloró, no rogó. Solo dijo la verdad: que desertó de la Marina en Venezuela para escapar de las amenazas y que si lo regresaban, lo buscarían como a un criminal.
Sin embargo, por sus tatuajes y su lugar de nacimiento, fue estigmatizado y lo acusaron de pertenecer a la pandilla Tren de Aragua, que desde entonces el gobierno de Donald Trump ha designado como grupo terrorista y que ha sido investigada por tráfico de drogas y personas.
Las acusaciones contra Mariano se enmarcan dentro de los señalamientos que ha hecho ahora el gobierno de EU contra algunos ciudadanos venezolanos, a quienes ha acusado de formar parte de esa organización criminal formada en la cárcel Tocorón.
Algunas de esas acusaciones, que han llevado a deportaciones rápidas, se han hecho sin presentar mayor evidencia que los tatuajes de algunos detenidos o las señales que hacen con las manos al ser fotografiados. Recientemente, un juez federal dictaminó que más de 100 venezolanos enviados a prisión en El Salvador fueron deportados injustamente sin el debido proceso, incluido el derecho a presentar su caso para solicitar asilo y disputar las acusaciones de pertenencia a pandillas.
Desde la frontera, los oficiales de inmigración trasladaron a Mariano al Centro de Detención de Port Isabel cerca de Los Fresnos, Texas. Ahí pasó 25 días más hasta que lo soltaron en Brownsville. Mariano tenía solo unos minutos libres e hizo lo que ha hecho su vida: pidió trabajo en un restaurante de una mexicana quien, a cambio de hacerle una comida, le regaló los boletos de autobús a Tucson, Arizona.
En Tucson comenzó a trabajar. Rentó un departamento y esperó, paciente, la llegada de su familia: primero, sus hermanas; más tarde, Yesenia; después, sus tíos y sus sobrinos.
Así comenzó su historia familiar en Tucson, que fue interrumpida casi dos años después — unos pocos días antes del Día de San Valentín — cuando, mientras limpiaba su cocina, recibió una llamada de su esposa. Una patrulla policiaca la seguía de cerca.
Reportero John Washington de Arizona Luminaria contribuyó a esta historia
Nota del editor: Arizona Luminaria y La Silla Rota intentaron comunicarse en repetidas ocasiones con Yesenia y Mariano después de la última vez que hablaron con ellos a finales del verano de 2025, pero no han vuelto a tener noticias suyas desde entonces.

