Este reportaje es parte del Deportation Tracker, un proyecto del Border Center for Journalists and Bloggers en colaboración con Arizona Luminaria y La Silla Rota y con el apoyo de Global Exchange.
Capítulo 3
SAN JUAN TEOTIHUACÁN, México
Yesenia había sufrido un sangrado abundante durante dos semanas.
Está de pie sobre un vagón cisterna, parte de un largo tren que avanza con fuerza desde Coatzacoalcos hacia la Ciudad de México. En cada mano, sostiene un puñado de piedras. Yexander, de 10 años, y Milagros, de 6, permanecen cerca, acurrucados en la pequeña plataforma, dormidos junto a su madre. La oscuridad era impenetrable y la espesa selva tropical parecía cerrarse sobre las vías.
Yesenia trataba de ignorar la sangre que escurría entre sus piernas y la oleada de cólicos.
Apretaba las piedras entre sus manos para proteger a sus hijos de los bandidos que suelen robar y, a veces, secuestrar a personas vulnerables que ven en los peligrosos rieles su única opción para escapar de la violencia o la pobreza en sus países de origen. Decenas de miles de personas migrantes toman esta misma ruta hacia Estados Unidos, pero Yesenia y sus hijos no viajan a Estados Unidos.
La madre de 30 años intenta reunir a su familia, después de que las autoridades migratorias mexicanas y estadounidenses cooperaron en febrero para deportarla y enviarla a casi 3,200 kilómetros de su esposo y sus hijos de 7 y 14 años, y de su hogar en Tucson.
Yesenia escapó de su natal Venezuela en 2017. Cuatro años después dejó atrás Sudamérica. Dice que en el camino, autoridades migratorias en México y en Estados Unidos la detuvieron, humillaron, amenazaron, golpearon o le mintieron. Al viajar por México hace años, secuestradores que exigían un rescate la raptaron y abusaron de ella y de sus hijos. Yesenia juró que eso nunca volvería a suceder.

Los mosquitos zumbaban en sus oídos, se clavaban en la piel descubierta de su rostro y cuello. El miedo por sus hijos supera el tormento del sangrado y los cólicos.
Yesenia no imaginaba el significado de ese dolor, las señales de que estaba embarazada. Sería el primer bebé que concebía desde que ella y su esposo Mariano, de 28 años, comenzaron a construir una vida para su familia de seis en el sur de Arizona.
Capítulo 3 de 3
Esta serie de tres partes narra el desgarrador recorrido de una familia desde Venezuela, a través del corazón de las políticas antiinmigrantes de México y Estados Unidos, hasta su vida en Tucson.
Las historias se basan en más de una docena de horas de entrevistas realizadas por periodistas de Arizona Luminaria y La Silla Rota con Yesenia y Mariano en un pueblo a las afueras de la Ciudad de México, así como en entrevistas con familiares y amistades, registros públicos, archivos de audio y mensajes intercambiados entre Yesenia y Mariano durante más de siete meses.
Pasarían semanas antes de que un médico en México la examinara y le diera la noticia: tuvo un aborto espontáneo.
¿Qué causó la pérdida de su hijo?
Yesenia, con voz firme como la de cualquier madre que protege a su bebé, dijo que fue el estrés de su detención en Tucson. Su rápida y traumática deportación de Estados Unidos. Luego, la agotadora y peligrosa travesía por México.
Todo sería distinto, dijo, si no fuera por un nuevo presidente estadounidense empeñado en deportar migrantes a cualquier país que los reciba y en criminalizar a personas como ella, una madre que vendía empanadas para mantener a su familia. Otra historia sería la de su familia si la presidenta de México no aceptara recibir a deportados no mexicanos de Estados Unidos por “razones humanitarias”, pero aun así ofrece poca protección o ayuda a los migrantes una vez que quedan varados y separados de sus familias, como dice Yesenia y confirman expertos en derechos humanos.
Tras huir de Venezuela hace casi una década, Yesenia y Mariano pasaron más de cinco años saltando de un país latinoamericano a otro, recorriendo más de 8 mil kilómetros, antes de finalmente encontrar una sensación de seguridad para su familia en el sur de Arizona. Pero en febrero, Yesenia fue deportada junto con dos de sus cuatro hijos, trasladada por la fuerza desde Tucson hasta el sur de México, separada de su esposo y de sus dos hijos pequeños.
Una vez más, se encuentran en peligro.
Luchan por reunir a su familia en otro país que no los quiere. A ambos lados de la frontera, sufren abusos y temen por la vida de sus hijos. Para poder reunir a la familia, arriesgan sus propias vidas en una travesía que duraría más de 30 días, recorriendo más de 9 mil kilómetros en autobús y tren, enfrentando robos en puestos de control, pasando noches bajo un puente, sufriendo en otro centro de detención y a manos de funcionarios de inmigración.
Su familia debería estar en casa, a salvo, en el centro de Tucson, trabajando, cuidando a sus hijos y participando como voluntarios en su iglesia, dice Yesenia.
Con la experiencia de robos y abusos en México, no puede dejar de pensar en cómo tratará este país a sus hijos indocumentados.
Estados Unidos y México colaboran en deportaciones
El 11 de febrero, un oficial del Departamento de Seguridad Pública de Arizona detiene a Yesenia en el sur de Tucson. Menos de 12 horas después de esa detención inicial, agentes de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos deportan a la madre venezolana junto con sus hijos a Nogales, Sonora. Luego, las autoridades migratorias mexicanas suben a Yesenia, Yexander y Milagros a un autobús para un traslado forzado de casi tres días a través del país.
El Día de San Valentín, Yesenia y sus hijos llegan a una oficina gubernamental en Villahermosa, la capital de Tabasco.
En ese momento aún no había podido llamar a Mariano para informarle que ella y los niños estaban vivos. Se preocupa por sus otros dos hijos, Joan y Yender, que estaban en Tucson sin su madre.
A causa de las políticas de Estados Unidos y México, las personas deportadas quedan prácticamente abandonadas en zonas peligrosas, sin ninguna red de seguridad.
El 26 de febrero, apenas dos semanas después de la deportación de Yesenia, un alto funcionario de la Patrulla Fronteriza anunció en redes sociales, etiquetando a la Embajada de Estados Unidos en México, que los migrantes enfrentarían traslados forzosos “bajo el fuerte liderazgo del presidente Trump”.
“Si usted cruza ilegalmente, será deportado lejos de la frontera”, dijo Ricardo Moreno, subdirector ejecutivo de operaciones de la Patrulla Fronteriza.
En junio, agentes de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos dijeron a La Silla Rota y Arizona Luminaria que existe un acuerdo entre ambos gobiernos para trasladar a las personas deportadas más al sur de México y liberarlas lo más lejos posible de la frontera norte.
Funcionarios del gobierno mexicano no han reconocido públicamente su cooperación con Estados Unidos para enviar a los migrantes a regiones distantes y remotas, sin importar su país de origen o los riesgos de seguridad.
La Silla Rota y Arizona Luminaria solicitaron una entrevista al subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración, Félix Arturo Medina Padilla, para abordar casos como el de Yesenia y saber por qué México está colaborando con Estados Unidos en políticas migratorias más estrictas. Medina no respondió a la petición.

En una conferencia de prensa en julio, Sheinbaum dijo que desde que entró de nuevo la administración de Trump, 6,525 personas no-mexicanas habían sido deportadas a México. En promedio eso es 38 personas al día.
Expertos en derechos humanos dicen que el desplazamiento forzado y la falta de servicios del gobierno mexicano para migrantes dejan vulnerables a familias como la de Yesenia ante criminales que los abusan y extorsionan. Lo que le sucedió a Yesenia después de su deportación, las agresiones por parte de autoridades migratorias mexicanas, sin acceso a atención médica y obligada a viajar en un peligroso tren de carga para huir de una zona conocida por explotar a los migrantes, son cada vez más comunes, afirman.
Las mujeres que buscan protección y reunirse con sus familias se ven castigadas por migrar, criminalizadas, brutalizadas y, a menudo, dejadas para sufrir en silencio, dijo Savi Arvey, directora de protección a refugiados en Human Rights First.
“Continuamos viendo una situación de seguridad extremadamente precaria para los migrantes”, agregó Arvey.
Separados
Mariano no supo nada de Yesenia durante tres días.
Por 72 horas, la familia busca respuestas. Un conocido de la familia consulta el número-A, o “número de registro de extranjero” que el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos asigna a quienes no son ciudadanos de Estados Unidos. No aparece nada de Yesenia. No ven nada en custodia migratoria, tampoco en el ICE, ni en ningún registro policial o en la cárcel.
Es como si hubiera desaparecido.
En casa, los niños hacen preguntas, el mayor, Joan, con voz quebrada, pregunta qué pasó con su mamá. Mariano trata de tranquilizar al de 14 años: “Ya viene. Cualquier día de estos”. Pero en el fondo sabía que no era así.
“A ella la tenían borrada del mapa”, dijo Mariano, recordando.
No podía creer que eso fuera posible.
“Es una violación de sus derechos, porque saben que tiene dos hijos pequeños, ¿Cómo pueden abandonarlos aquí? ¿Quién separa a una madre de sus hijos? ¿En qué mundo tiene sentido eso?”, dijo.
Tres días antes de que la detuvieran, Mariano y Yesenia bromeaban mientras tomaban café.
“Si te deportan, yo envío a los niños tras de ti y me quedo aquí,” le dijo él. Se rieron.
Pero cuando llegó el momento, no hubo dudas. “Lo primero que dije fue: me voy”.
No había plan, ni tiempo. Solo una decisión, seguirla. De la misma manera en que Yesenia una vez lo siguió a él.
Sabía que no sería fácil. Dos de sus cuatro hijos están en Tucson con Mariano. Uno de ellos no es su hijo biológico, pero lo crió. “Si la policía me detiene … se lo llevarán”, pensó, más allá de que podrían acusarlo de secuestro.
El niño podría explicar que él es su padrastro, pero, ¿sería suficiente? ¿Quién en el gobierno de Estados Unidos, especialmente bajo las políticas de deportaciones masivas de la administración Trump, escucharía a un niño migrante cruzando la frontera?
Sobrevivir desde cero
Después de que los oficiales ordenan a Yesenia y a su hija e hijo bajar del autobús en Villahermosa, un funcionario de migración le dice que firme unos papeles. Se sientan en una sala de procesamiento, sin saber qué sucederá después. Aproximadamente una hora más tarde, un oficial les dice que se fueran.
Yesenia dice que Milagros creía que todavía estaban en peligro: “Yo sé que todavía estamos presos, porque ustedes todavía están aquí, (decía) cosas así”.
Sin saber a dónde ir, deambula por las calles de la ciudad con sus dos hijos. En un parque le pide prestado su teléfono a un hombre y finalmente pudo hablar con Mariano y con sus dos hijos pequeños que aún estaban en Tucson. Les dijo que está en la capital de Tabasco, más de 3 mil kilómetros al sur de la frontera con Estados Unidos.
Yesenia y Mariano se concentran en pensar cómo pueden reunirse, juntar a su familia y abrazarse de nuevo.
Llama a uno de los integrantes de su iglesia en Tucson. Su pastor la conecta con alguien en la ciudad que tiene un cuarto disponible.

La ayuda de su comunidad del sur de Arizona es más una red de seguridad que la mayoría de los migrantes no tienen cuando son deportados al sur de México. Mientras que algunas ciudades y pueblos pequeños a lo largo de las rutas migratorias cuentan con refugios y defensores que protegen a los migrantes, si alguien no puede acceder a esas redes, está solo y extremadamente vulnerable.
Arvey, de Human Rights First, dijo que hay “recursos muy, muy limitados para la comunidad migrante” en Villahermosa.
La Comisión de Mujeres Refugiadas señaló en diciembre de 2024 los peligros que enfrentan las personas migrantes en México. Las mujeres y madres pueden enfrentar cargas desproporcionadas y amenazas adicionales. La prensa ha difundido casos de migrantes varados en México en condiciones deplorables, sin agua ni acceso a servicios básicos o atención médica.
“Lo que está pasando ahora es que el INM recibe a personas desde Estados Unidos, las sube a autobuses y las envía a Villahermosa o Tapachula, dos de las ciudades de la frontera sur de México con menos empleos y recursos para los migrantes”, dijo Gretchen Kuhner, directora del Instituto para las Mujeres en la Migración. El Instituto Nacional de Migración, conocido por sus siglas INM, aplica la política migratoria para migrantes nacionales y extranjeros, sin importar su estatus migratorio.
“Muchas de esas personas intentan tomar un autobús o algún tipo de transporte hacia el norte, rumbo a la Ciudad de México, y es entonces cuando están particularmente en peligro de extorsión, secuestro y otros delitos violentos”, dijo Kuhner. “Si tuvieran estatus migratorio no serían tan vulnerables y les sería más fácil acceder a servicios como atención médica, vivienda y educación”.
La salud de Yesenia se está deteriorando. Mientras camina en busca de comida ese primer día en Villahermosa, se desmaya y queda inconsciente brevemente sobre la acera.
Cuando llegan a la casa que su pastor de Tucson les consiguió, Yesenia todavía no puede descansar. Finalmente puede cargar su teléfono y pide prestados unos pesos para comprar saldo. Hace videollamadas y manda mensajes de texto a Mariano, a sus cuñadas y a amigos en Tucson. Revisa Facebook para responder la avalancha de mensajes de preocupación.
Ella y los niños comparten una habitación pequeña, con un colchón en el piso. En su primer día completo en Villahermosa Yexander cumplió 10 años. No tenía dinero para una celebración, pero logró conseguir un par de dulces para él.
Los niños comían galletas, dormían y jugaban en el colchón. Ella trataba de estar tranquila, pero los cólicos empeoran. “Pensé que era solo mi periodo normal”, dice, pero el sangrado empeora y comienza a presentar fiebre.
“Tenía muchísimo dolor”, dijo Yesenia, haciendo una mueca al recordarlo.
Sabía que algo estaba mal, pero no tiene dinero y le asusta buscar ayuda médica. El esposo de la mujer que les dio refugio es médico y Yesenia le explica sus síntomas. Sin examinarla, él le dijo: “estabas embarazada y tuviste un aborto espontáneo”.
“Le dije que eso era imposible”, dijo, porque tenía un parche anticonceptivo en el brazo.
Él respondió que podrían ser fibromas. “Creí más en los fibromas que en el embarazo”, dijo ella.
Yesenia y Mariano comienzan a armar un plan: ¿podrían reunir a su familia en la Ciudad de México?
“La idea era que yo pudiera ir en autobús, saltando de un pueblito a otro”, dijo.
Pasa más de una semana para que su familia y comunidad en Tucson recauden suficiente dinero para que Yesenia pueda comprar un boleto de autobús a la Ciudad de México. La familia piensa que será un lugar seguro para reunirse, y la hermana de Mariano se había reubicado allí recientemente. Yesenia sabe que ella y sus hijos tendrán que enfrentarse a peligrosos puntos de control migratorio para llegar.
“Teníamos que arriesgarnos”, dijo.
Auto-deportación
Mariano decide llevarse a los niños y dejar atrás la vida que estaban forjando en el sur de Arizona.
Había perdido su caso de asilo en 2023, pero recientemente había hablado con abogados que le dijeron que probablemente lo perdió porque no tuvo representación legal. Le dijeron que aún tenía una oportunidad con otra forma de protección migratoria. Al salir del país para reunirse con su esposa y familia, estaba renunciando a esa oportunidad.
Un pastor de Tucson conduce a Mariano y a los niños hasta el cruce fronterizo. No hubo deportación formal. Ningún documento. Solo una salida tranquila, extraoficial, sin papeleo.
Pasa dos noches en Nogales con Joan y Yender, tratando de averiguar cómo llegar a la Ciudad de México.
“Estaba desanimado pero tenía que ir. Por ella. Por los niños. Por mí mismo”, dijo
En México, cambia los 250 dólares que había reunido y llevaba consigo. Gasta la mayor parte en boletos de autobús. El resto se lo robaron en el camino.
En el autobús de la frontera a la Ciudad de México, Mariano es detenido una y otra vez, cinco, tal vez seis veces. Los policías lo acusan de llevar billetes falsos.
“”Lo primero que te preguntan es: ‘¿Llevas dinero?’. Y agarran los billetes, esto es falso. Te lo quitan. Al frente de todo mundo”, dijo.
A veces son policías de verdad. Otras veces, hombres con chalecos negros sin identificación, con botas de trabajo y vestidos de civil que explotan el miedo y la vulnerabilidad de los migrantes.
En Los Mochis, Sinaloa, hombres vestidos de negro que portaban armas detienen el autobús. Sacan a Mariano junto con otros deportados. Nadie dice nada. Los hombres armados se llevan el poco dinero que les quedaba.
Mariano llega a la Ciudad de México más delgado, exhausto, sin dinero. Está a más de 2 mil kilómetros de su comunidad en Tucson y aún sin Yesenia. Apenas ha dormido y comió muy poco.
“Pero comida como tal, mayormente eran ellos. Para que los niños no vengan pasando cosas”, dijo.
Llega antes que Yesenia y sus otros dos hijos. Espera una semana, siempre con el deseo de que no ocurriera lo peor.
Al norte otra vez por México
En el primer punto de control policial que Yesenia y los niños encuentran, un oficial de migración mexicano sube al autobús y la interroga. “Fue directo hacia mí”, dijo.
Yesenia le dice que viaja a la Ciudad de México y que está enferma. El oficial le dice que los dejará continuar, pero les advierte que habrá más puntos de control.
“Me dijo que me sentara junto a la ventana, pusiera a los niños a mi lado y tratara de no hablar,” dijo.
Nuevamente la interrogaron en otro punto de control mientras avanzan hacia el norte y entran al estado de Veracruz. Nuevamente la dejan continuar, pero le advierten: en el siguiente punto de control, van a detener a su familia.
Kuhner dice que es común que los oficiales de migración en México se informen entre sí sobre los migrantes que ven en los puntos de control en camino hacia ellos. “Definitivamente están coludidos”.
En el tercer punto de control, la policía intentó bajarlos del autobús y ella intenta grabar sus acciones.
Mientras recuerda, toma aire y se abanica rápidamente con la mano.
“Cuando yo empecé a grabar video … que no me tocaran a los niños, y broma, que si a mí me pasaba algo, iba a ser su responsabilidad. Me alteré en medio de llanto, porque no me gustó la manera en que me jalaron al niño”, dijo.
La familia compartió la grabación de Yesenia con Arizona Luminaria y La Silla Rota. La voz temblorosa de la madre se quiebra entre lágrimas mientras suplica a los oficiales.
Oficial: “En un plan, así”.
Yesenia: “No es ponerme en ningún plan, señores. Ustedes tienen que entender también”.
Oficial: “No, pues escuche”.
Yesenia: “Son seres humanos y son mujeres también”.
Oficial: “Todos somos humanos, así, pues sí”.
Yesenia: “Yo tengo mis dos hijos, tengo dos semanas sufriendo porque no estoy con mis hijos. Aparte de eso, voy enferma, tengo un sangrado. Entonces yo necesito buscar…”.
Oficial: “Sí, te van a llevar a México”.

Yesenia recuerda que los acontecimientos se precipitaron. Dijo que uno de los oficiales de policía arrancó el teléfono de las manos y empezó a borrar los videos. Solo logró enviar un mensaje de audio a su esposo sobre lo que estaba pasando.
“Me agarró la mano y me la volteó así para ponerme esposas”, dijo sobre un policía.
Luego, cuatro de las autoridades agarraban a su hijo para sacarlo del autobús, empujándolo “como si fuera un delincuente mayor de edad. A mi hijo, al de 10 añitos”, dijo. Un agente jaló el brazo de su hijo con tanta fuerza, que le provocó moretones que duraron semanas.
“Mi hijo me decía, ‘Mamá, no me sueltes, no me sueltes.’ Mi hija me tenía por aquí guindada que me estaba casi ahorcando. Y yo entré gritos ”.
“Mi hijo me decía: ‘Mamá, no me sueltes, no me sueltes.’ Mi hija estaba colgada de mí aquí, casi ahorcándome. Y yo estaba gritando”.
“Yo le decía que … yo no era ninguna delincuente. Qué mal que ustedes no tengan corazón”, dijo, llorando de desesperación.
Mientras la oficial la sujeta con una llave al cuello. Milagros, su hija de 6 años, corre a defenderla y jala el cabello de la mujer.
Fue un caos, dice Yesenia.
En algún momento de la lucha, usó toda su fuerza para empujar y patear para poder soltarse. Ella siente calambres intensos en el abdomen y sangre entre sus piernas.
“Se me vino una bola de sangre horrible que todo el pantalón, a mí, se me manchó. Ahí fue donde ellos como que me soltaron todo y quedaron viéndome”, dijo.
Después de que finalmente los obligan a bajar del autobús, los agentes transportan a la familia a un centro de detención migratoria en Acayucan, Veracruz. A casi 2,900 kilómetros de su comunidad en Tucson. Y aún a casi 550 kilómetros de Ciudad de México, donde espera volver a ver a sus otros hijos y finalmente reunir a su familia.
En detención los agentes intentaron robar el poco dinero que había ahorrado, dijo.
“Cuando ellos revisaron mi bolso fue que vieron el dinero, ella me lo sacó. Fue donde yo me puse a pegarle grito que me entregaran mi plata. Ahí sí me puse como histérica”, dijo. “Venía muriéndome con mi sangrado, prácticamente, también me van a quitar la plata”.
Yesenia pide ver a un médico. Adolorida, al borde del desmayo, y con urgencia de ayuda. Nadie le ofreció atención médica.
No hay registro de la familia en el centro de detención, dice Kuhner. Así que no hay registro del abuso que dicen haber sufrido. La falta de documentación oficial que registre la presencia y el trato de la familia en el centro no la sorprende.
“Hay completa impunidad”, dijo Kuhner sobre el gobierno mexicano.
Kuhner argumenta que las familias migrantes no deberían ser detenidas por la agencia de migración de México, sino colocadas al cuidado del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, un organismo gubernamental que apoya a poblaciones vulnerables, incluyendo la promoción de programas y servicios para proteger a niños, adolescentes, adultos mayores y personas con discapacidad.
A pesar de múltiples intentos de obtener declaraciones durante varias semanas, las autoridades mexicanas, específicamente la Secretaría de Gobernación y la Subsecretaría de Derechos Humanos, Población y Migración, no respondieron a preguntas sobre el caso de Yesenia.
En Veracruz, un oficial de migración prometió a Yesenia darle una especie de visa que le permitiría viajar libremente por México durante cierto tiempo, una oportunidad para evitar el estrés y la violencia de ser interrogada en los puntos de revisión, dijo ella.
Pero en Acayucan, en el centro de detención, otro oficial le dijo que no existe tal visa. Yesenia suplicó que la dejaran ver a un doctor pero le negaron la atención una y otra vez. Sólo le dieron toallas sanitarias.
A la mañana siguiente, Yesenia y sus hijos fueron liberados y los enviaron a la calle.
Tiene que tomar una decisión: dirigirse nuevamente hacia Ciudad de México, a pie o en autobús, donde la esperaban más puntos de control e interrogatorios. O regresar hacia Coatzacoalcos, donde ha escuchado que puede tomar La Bestia, el tren que va al norte del país, a la frontera con Estados Unidos.
No puede soportar otro encuentro con autoridades de inmigración mexicanas. Decide ir a Coatzacoalcos. Sabía que eso significa regresar sobre sus pasos unos 100 kilómetros y alejarse más de Mariano y su hijos con él pero siente que era su única oportunidad.
De Ecatepec a Teotihuacán
Mariano llegó a la Terminal de Autobuses del Norte en la Ciudad de México. Desde allí, se dirige a Ecatepec, un extenso suburbio en las afueras de la capital, donde viven su hermana y sus dos hijos.
Ella regresó a México aproximadamente al mismo tiempo en que la nueva administración de Trump intensificó las deportaciones y decidió establecerse allí de manera permanente. Su esposo permanece en Estados Unidos, enviando dinero, suficiente para la renta, comida y lo básico.
Él le envía 150, quizá 200 dólares a la semana, y al final del mes, otros 200 o 300 dólares para la renta.
Mariano no cuenta con esa ayuda. “Y yo no estoy para molestar a nadie, la realidad”, dijo. Eso significa que tiene que aceptar cualquier trabajo que encuentre, principalmente en jardinería y construcción, aunque Mariano dice que puede trabajar en casi cualquier área, a menudo en jornadas que se extienden hasta entrada la noche.
“Imagínese que yo tengo que estar en una calle a veces que me toque trabajar hasta las 10, 11 de la noche”, dijo. Ecatepec está entre los municipios más inseguros del país y, de acuerdo con encuestas, 90% de sus habitantes se siente inseguro.
Pronto, la inquietud se convierte en miedo. Una noche, mientras revisa TikTok, Mariano se encuentra con un video grabado en el mismo vecindario donde viven. Muestra reportes de una pandilla conocida como “Los 300”, un grupo criminal involucrado en extorsiones y asesinatos en la zona. Una semana después, otro video muestra restos humanos encontrados en un canal justo detrás de la casa de su hermana.
Le dice a su hermana: “¿Ahora ves por qué no quiero quedarme allí?”
Ya había pasado por la detención, extorsión, la pérdida de seguridad, su familia amenazada y víctimas de abusos. No aceptaba criar a sus hijos en un vecindario en el que aparecieron cuerpos medio enterrados.
Así que huye, de nuevo. Esta vez a San Juan Teotihuacán, un pueblo más tranquilo a aproximadamente una hora al noreste de Ciudad de México. No es perfecto. Pero se siente más seguro. Es un lugar donde puedes caminar de regreso a casa por la noche sin mirar constantemente por encima del hombro. Poco después, su hermana y sus dos hijos se unieron.
Aún esperando a Yesenia, Yexander y Milagros, él cuida de Joan y Yender, recorriendo la ciudad en busca de ayuda, y tratando, una vez más, de empezar de cero.

La Bestia
Yesenia y los niños pasaron dos noches durmiendo bajo un puente en Coatzacoalcos, esperando un tren. La bulliciosa ciudad portuaria en el estado de Veracruz es conocida, entre otras cosas, por ser un lugar peligroso para los migrantes, quienes sufren secuestros, extorsión, violaciones y asesinatos.
Tres semanas después de haber sido deportada de Arizona, Yesenia seguía huyendo, trasladándose de ciudad en ciudad donde no hay apoyo gubernamental organizado para migrantes, pese a que la presidenta mexicana electa en 2024, Claudia Sheinbaum, había prometido hacerse cargo. Prometió ayudar frente a las amenazas de Trump y sus intentos de deportar abuelos, madres, padres e hijos que no habían cometido ningún crimen violento a cualquier país que los aceptara.
Mientras México lanzó una aplicación telefónica para ayudar a ciudadanos detenidos en Estados Unidos, no se ha ofrecido ayuda similar a los no mexicanos detenidos o vulnerables en México.
Yesenia recoge unas cuantas piezas de cartón para que los niños duerman. Se mantiene despierta durante la noche, alerta, asegurándose que estén a salvo.
Finalmente, en la segunda noche, escucha de otros migrantes que un tren se acerca. Es un alivio. Pero surge un nuevo desafío. Las locomotoras del tren arrastran principalmente cisternas de petróleo, cilindros con solo una pequeña plataforma plana en las que es muy difícil mantener el equilibrio.
El tren sale de la estación portuaria cerca de la medianoche, rumbo al noroeste. La siguiente parada es Tierra Blanca, Veracruz, a más de 400 kilómetros de Teotihuacán, donde sabe que Mariano y sus dos hijos la esperan.
Con la ayuda de una mujer migrante de Colombia, Yesenia levanta a sus dos hijos para colocarlos sobre la parte superior de una cisterna del tren. Los niños se aferran a ella.
Varias veces el tren se detiene en medio de la nada. Sin luces. Sin ciudades, ni pueblos. Solo las estrellas y la densa oscuridad de la vegetación que los rodea. En un momento, dijo, ladrones subieron al tren para robar a los migrantes.
Yesenia trata de proteger a sus hijos y protegerse a sí misma.
Ella y la mujer colombiana atan un par de sábanas en los rieles de la escalera que conducen a las plataformas para retrasar por unos segundos a alguien que intenta subir. Cada una recoge puñados de grava que habían tomado de las vías del tren.
“Hacer tiempo de que si se fueran a montar les costara un poco y uno poder tirarles las piedras o empujarlos”, dijo.
Amanece después de otra noche sin dormir y aunque han sobrevivido, no había posibilidad de que sintiera alivio. Otros migrantes advierten que es necesario bajar del tren antes de que llegue a la estación o quedarán atrapados. Había que saltar mientras el tren todavía se movía.
Yexander ayuda su hermanita a saltar mientras su mamá los animaba nerviosamente. Luego Yesenia saltó para tropezar con las piedras de abajo.
Desde Tierra Blanca, Yesenia vuelve a llamar a la iglesia en Tucson. A través de su red, recauda suficiente dinero para conseguirle un transporte hasta Teotihuacán.
Mariano la esperaba, a ella y a sus hijos.

Pirámides en el horizonte
Los vestigios de la antigua cultura prehispánica son imposibles de pasar por alto en Teotihuacán. En ese sitio Mariano finalmente encuentra trabajo temporal en un hotel. Y ahí, por fin, después de más de un mes de separación, la familia se reúne.
“Cuando llegué aquí fue que este como seguía el sangrado, yo casi ni caminaba. De hecho, cuando yo me bajé del carro aquí, caminaba como mujer cuando ya va a parir”, dijo Yesenia.
Estaba tan hinchada que no podía abrocharse los pantalones.
Cuando Mariano ve a Yesenia se siente aterrorizado y sabe que algo estaba mal. Lucía pálida, débil y con los ojos hundidos por el dolor y el agotamiento.
“Tuvo que salir a la calle con los niños a pedir dinero, algo que nunca habíamos hecho, para comprarme medicinas y comida”, dijo ella.
En Teotihuacán, finalmente ve a un médico, semanas después de que comenzara el sangrado. El doctor confirma su temor. Estaba embarazada y había sufrido un aborto espontáneo.
“Yo le había contado a la doctora lo que yo venía pasando, me dijo, ‘Imagínate dos días y medio en un bus con dolores, dolor de cabeza, estrés, pensadera. Una embarazada no puede estar agarrando estrés, ni rabia, nada de eso, llorando, todas esas cosas’”, dijo.
El doctor le dice a Yesenia que el sangrado, las fiebres y los calambres persistentes se debían a una infección después de su aborto. Comienza un tratamiento con antibióticos y medicación para manejar el dolor y la fiebre.
“Confusión”. Estrés por la deportación. “Y la preocupación”. Eso es a lo que Yesenia atribuyó el aborto.
Incluso al reunirse con sus dos hijos y Mariano, los pensamientos de Yesenia vuelven al niño que perdió.
No habían planeado otro bebé, dijo, pero “hubiera sido recibido con cariño, igualmente amado, amado como todos nosotros”.
Los días pasaron volando. Mariano se concentra en reunir suficiente dinero para que ella pueda ver a un doctor nuevamente y los niños tuvieran qué comer.
Un médico la opera, dijo en voz baja, practicándole una dilatación y un legrado, un procedimiento necesario para aproximadamente la mitad de las pacientes que sufren un aborto espontáneo en el primer trimestre.
“Tuvieron que sacar al bebé”, recordó ella.
Yesenia hace a un lado su dolor para concentrarse en cómo sobreviviría su familia en México.

Desarraigo
La familia estuvo huyendo desde que ellos y los hijos de ambos se juntaron.
Su hijo mayor, Joan, hizo su primer viaje, de Venezuela a Colombia, cuando era un niño pequeño. Su segundo hijo, Yexander, de 10 años, hizo ese mismo viaje en el vientre materno.
Desde que escaparon de Venezuela, la familia vivió brevemente en Colombia, Ecuador, Perú, Chile, y luego cruzaron por cinco países más antes de llegar a Estados Unidos.
Ahora intentan establecerse en México, aunque los últimos meses de peligro emocional y, a veces, físico les han hecho sentir que echar raíces es imposible. Tanto Mariano como Yesenia dudan cuando se les pregunta si planean quedarse.
“Tal vez”, dice Mariano.
“¿A dónde vamos?” añade Yesenia, mirando a su esposo.
Cuando se le pregunta cómo se siente viviendo en México, Yexander rápidamente dirige la conversación de nuevo a cómo lo trataron en Estados Unidos. Cómo los agentes de la Patrulla Fronteriza acusaron injustamente a su padre de ser miembro de la pandilla Tren de Aragua y cómo hicieron llorar a su mamá y a su hermana menor Milagros.
“Creo que nos trataron muy mal”, dijo el niño. Su voz, casi ronca y fuerte cuando juega con sus hermanos, se vuelve un susurro al recordar.
Sentado junto a su madre en un sofá de cuero sintético gastado, en un espacio abierto que combina lavandería y sala, Yexander se encoge hacia atrás, haciéndose pequeño cuando su madre sale a atender otro de sus pequeños.
“Estaba llorando por mis hermanos y muy preocupado por mi hermanita”, dijo.
Dice que hizo todo lo posible por proteger a su mamá y a su hermana, frente a los oficiales de inmigración de ambos lados de la frontera.
“Estaba protegiéndolos a ambos. Pero solo quería llegar aquí para estar con toda mi familia y mi papá”, dijo.
Ahora que tiene 10 años, y dado que Estados Unidos es un sueño del pasado, Yexander no está seguro de qué le depara el futuro. Dice que espera con ansias comenzar la escuela y ayudar a su madre.
No se siente ligado a ningún país. Si pudiera elegir un país basándose en un equipo de fútbol, escogería Chile, un lugar que sus padres apenas mencionaron al relatar su desesperada migración desde Sudamérica hacia Estados Unidos.
En el pequeño apartamento de una sola habitación de la familia, compartido con la hermana de Mariano y sus dos hijos, viven nueve personas. Todos tienen responsabilidades.
En la estufa de dos quemadores Yesenia fríe delgadas chuletas de cerdo. Yexander pone la mesa. Joan corre a una tienda cercana por aceite. Los demás niños y adultos barren, ordenan y acercan ambos colchones a la única mesa plegable de la familia, donde se sentarán los tres adultos a comer.
Milagros, sorprendentemente servicial para sus seis años, sirve agua endulzada con papaya y azúcar de una gran jarra de plástico.
Solo hay tres sillas en el apartamento, así que todos los niños se sientan en el borde de los dos colchones, comiendo con los platos equilibrados sobre sus piernas. Las porciones son escasas, pero deliciosas: cerdo caliente y bien sazonado, un poco de arroz con una salsa tipo chimichurri, y una delgada y crujiente tira de plátano frito.
Yesenia no se sienta. No come. Cuando Joan termina primero, ella toma su plato para añadir la última cucharada de arroz, raspada del fondo de la olla.
Si se le pregunta cuándo se sentará o probará un bocado, Yesenia solo sonríe. Frota el hombro de Milagros, su hija, quien se acurruca, mientras dice con dulzura: “Lo haré”.
Traducción: Beatriz Limón
Nota del editor: Arizona Luminaria y La Silla Rota intentaron repetidamente ponerse en contacto con Yesenia y Mariano después de comunicarse con ellos por última vez a finales del verano de 2025, pero no han vuelto a tener noticias de ellos desde entonces.

