Vestido de negro, pantalón, camisa, chaleco de cuero y un sombrero de vaquero con copa alta, era imposible no distinguir a Mario Almada, el legendario “Justiciero mexicano”. Mientras cruzaba una calle en Tucson, un camión se detuvo en el crucero junto a él. En segundos, decenas de pasajeros lo reconocieron y bajaron apresurados para rodearlo, abrazarlo y agradecerle por las películas que convirtieron a Almada en un héroe popular para el público mexicano y querido por la clase trabajadora.
“Le decían: ‘gracias, gracias’”, recuerda su hijo mayor, Mario Almada Ruiz. No era para menos. Durante décadas, generaciones enteras crecieron viendo en la pantalla a los hermanos sonorenses, Mario y Fernando Almada Otero, cabalgando entre vaqueros, policías y bandoleros, forjando un estilo propio que marcaría un hito para el cine mexicano.
La presentación del libro
Qué: El autor Mario Almada Ruiz conversará con el educador Eleazar Ortiz sobre su libro “Mario Almada ‘La leyenda’: Una historia de película”, que rinde homenaje a su padre, el legendario actor del cine mexicano, y explora su vida, su carrera y su legado.
Cuándo/Dónde: 11:00 a.m. lunes 9 de marzo, en Guadalajara Original Grill, 1220 E. Prince Road, un restaurante de propiedad local conocido por su cocina mexicana y presentaciones de mariachi en vivo todas las noches.
Almada incluso incursionó en un subgénero de películas de acción llamado “narco cine”, donde luchaba contra la violencia y los narcotraficantes.
Los hermanos Almada no eran actores profesionales, llegaron al cine por casualidad. México parecía necesitar a su propio “Llanero Solitario” montado a caballo que impusieran justicia en la televisión.
Mario y Fernando eran perfectos para ese papel. Sabían del campo, azotaban el látigo con destreza, eran jinetes diestros y agricultores en Huatabampo, un pueblo sonorense famoso por sus vínculos con la Revolución Mexicana. Allí comenzó la leyenda.
El hijo mayor de Almada hablará este mes en Tucson con el educador Eleazar Ortiz sobre su libro, “Mario Almada ‘La Leyenda’: Una historia de película”, dedicado a la vida de su padre como un querido ícono del cine mexicano.
“Es el primer y único libro que se ha escrito, es una biografía y abarca todos los temas, desde su niñez hasta su deceso. Mi objetivo es dejar asentado su legado”, dice Almada Ruiz.
Su legado reúne más de 350 películas, una cifra que convirtió a su padre en uno de los actores con el mayor número de filmes protagonizados en el mundo.

“Desde que empezó, nunca dejó de hacer películas”, recuerda. Su perseverancia fílmica y su catálogo supera por mucho a la estrella del western estadounidense John Wayne y la estrella de acción Chuck Norris, con quien a menudo lo comparaban.
Almada llegó al cine cuando muchos actores ya pensaban en el retiro. Tenía 42 años y, según cuenta su hijo, todo ocurrió por azar, un actor sufrió un accidente y ocupó un papel pequeño. Poco después vendría la oportunidad que cambiaría su destino.
Esa apertura fue “Todo por Nada” (1968), la película rompió con los esquemas del western mexicano de la época introduciendo artes marciales, una historia de venganza familiar filmada con crudeza en el Desierto de Sonora que consolidó el arquetipo del justiciero.
“Es considerada una de las mejores 20 películas del cine nacional”, dice Almada Ruiz.
Luego vendrían otros éxitos de taquilla. Entre ellos, “El tunco Maclovio”, que le valió a Almada la Diosa de Plata como mejor actor protagónico por su actuación en la película de 1970. Con el tiempo, la historia y su personaje se volvieron un referente del argot mexicano. “Es de las películas que más le han gustado a la gente”, recuerda su hijo.

También protagonizó varias películas de acción basadas o inspiradas en las famosas canciones de Los Tigres del Norte.
Almada seguía actuando poco antes de morir a los 94 años en 2016. Dos más de sus películas se estrenaron en 2017.
Muchas de las películas de Almada se filmaron en San Antonio, Texas, donde interactúan traficantes, alguaciles y paisajes fronterizos. Ese entorno fortaleció su conexión con el suroeste y su gente mexicana.
“Mi papá decía que los inmigrantes veían en él a un justiciero, un héroe”, recuerda.
Cuando se le pregunta si cree que esto sucedió porque los mexicanos querían un justiciero mexicano, Almada Ruiz responde: Sí.
“Así lo llamaban, el Justiciero”, dice. “Y así era también en la vida real, muy justo, muy respetuoso de la mujer. No le gustaba ver abusos. En las cientos de películas que hizo nunca dijo una grosería”.
Tampoco en casa. Almada Ruiz recuerda que su padre jamás les gritó. “Con nosotros fue un buen padre”, dice. En la familia había seis hijos: cuatro hermanas y dos hermanos.

También tuvo grandes amistades en el mundo del cine. Entre ellas, recuerda su hijo, el actor Mauricio Garcés. A primera vista, parecían opuestos, Garcés, con sus batas de seda y su estilo sofisticado en pantalla. Almada, el vaquero recio de bigote poblado y chaleco de cuero.
“Uno no pensaría que se llevarían tan bien”, dice bromeando. Pero la amistad era real. Garcés solía pasar por él en un auto grande, descapotado, y juntos salían a divertirse. “Se la pachangueaban muy bien”, recuerda.
Almada nunca dejó de trabajar. Su última aparición en el cine fue a los 92 años en la película “El Infierno”.
“Él decía que cobraba por arrugas”, dice Almada Ruiz, y suelta su primera y única carajada de la entrevista con Arizona Luminaria.
Almada falleció rodeado de su familia, hijos y nietos que lo apodaban “cabelo” cariñosamente.
“No estaba enfermo, ni siquiera tomaba medicinas”, dice su hijo. “Murió de cansancio, se le cansó el caballo y se le acabaron las balas”.
Sus cenizas descansan en su pueblo, Huatabampo, en la iglesia de Cristo Rey.


