Gabriela Rangel llegó a Tucson con solo la mitad de sus libros. La otra mitad la donó a una biblioteca pública antes de trasladar su vida de Nueva York al desierto de Sonora.

Se llevó consigo a sus dos gatos —Olga, de Argentina, y Conrad, de Nueva York— y emprendió el camino para dirigir el Museo de Arte Contemporáneo de Tucson. Aquí, dice, ha encontrado equilibrio en las montañas de Sabino Canyon y en una ciudad donde aún percibe algo que cree que muchas metrópolis globales han ido perdiendo poco a poco: un espíritu profundamente democrático y orientado a la comunidad.

Rangel, nacida en Caracas, Venezuela, asumió en septiembre la dirección ejecutiva del MOCA con una idea clara de lo que una líder latina puede aportar a una institución situada en la frontera.

“Una visión más abierta de la cultura”, dijo. “Porque la cultura no es monocultural y no se habla en un solo idioma”.

Rangel habla varios idiomas y cree que eso, por sí solo, ayuda a moldear la conversación en una ciudad fronteriza.

Para ella, dirigir un museo también significa aportar una mirada más amplia del mundo. Esa perspectiva surgió en un momento inesperado de la cultura popular: la aparición de Bad Bunny en el Super Bowl.

“Me identifico con esa energía, esa pasión”, dijo. “Con el deseo de ver la migración no como un problema, sino como algo que suma”.

Desde su punto de vista, el museo puede convertirse en un espacio de diálogo basado en una pluralidad de influencias.

“Eso es lo que yo puedo aportar aquí”, afirmó.

Esa pluralidad, dijo Rangel, ya es visible en las galerías del museo. En un momento en que Tucson sigue marcado por debates sobre inmigración y tensiones políticas, MOCA ha optado por abordar esas conversaciones a través del arte.

Rangel señaló que esa dirección no comenzó con su llegada, pero es algo que tiene la intención de continuar.

“El museo ya había asumido esa responsabilidad”, dijo. “Y seguirá haciéndolo”.

La última pieza de una exposición medioambiental en el Museo de Arte Contemporáneo de Tucson, el 13 de marzo de 2026. Credit: Alma Velazquez

Una de las exposiciones actuales, “Living With Injury”, explora la contaminación del agua en el sur de Tucson. Organizada por un colectivo de artistas y activistas, la muestra funciona como una advertencia sobre los riesgos ambientales que enfrenta la región.

“Es un tipo de activismo que surge de la comunidad”, dijo Rangel.

Otra exposición presenta el trabajo del artista mexicano Fernando Palma Rodríguez. Su instalación “Tlazohuelmanaz (Offering of Love)” combina tecnología sencilla con referencias simbólicas para explorar la relación entre México y Estados Unidos.

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“Hay una interpretación de la relación binacional”, señaló.

Después de estudiar cine, comunicaciones y estudios curatoriales en Cuba, Venezuela y Estados Unidos, Rangel desarrolló una carrera dedicada al arte contemporáneo latinoamericano que la llevó al Museo de Bellas Artes de Houston y posteriormente a Nueva York. Allí pasó varios años como directora y curadora en jefe de artes visuales en Americas Society.

Ahora, por primera vez, en una carrera que la ha llevado por todo el continente americano, vive en la frontera.

“Seré honesta: nunca había vivido en la frontera”, dijo Rangel con una voz profunda y serena. A sus 62 años, habla con décadas de experiencia y la seguridad de una curadora acostumbrada a pensar en una escala internacional.

Esta entrevista ha sido editada para mayor claridad y extensión.

P: Qué te sorprendió más cuando llegaste a Tucson, ¿el paisaje, la comunidad artística o el desierto?

R: La hospitalidad de la gente, la gente es encantadora.

P: Caracas, Nueva York, Buenos Aires, México, ahora Tucson. ¿Qué tiene esta ciudad que la hace única en tu trayectoria?

R: Hay una vocación democrática y comunitaria que tal vez las grandes ciudades globales han perdido. Aquí la gente no antepone el dinero, sino la empatía, la simpatía, la calidad de vida y una cantidad de cosas que tienen que ver con la convivencia.

P: ¿Qué tipo de conversación quiere que MOCA genere sobre la frontera?

R: Creo que MOCA debe ver la frontera no como un problema, sino como parte de su propia constitución, y eso es lo que ha hecho de una manera no articulada, pero ahora lo está articulando mejor. La frontera aquí no es una cosa que se ve como una cuestión que se debate en las universidades o en la academia; es parte de la vida de Tucson. La frontera es lo que define a esta ciudad.

P: ¿Cómo imagina al MOCA en 5 años?

R: Yo quisiera que el MOCA fuera un museo que tuviera un subsidio permanente. Nosotros hemos vivido del sistema de becas, de fundaciones que son muy prestigiosas, pero de eso no vive ningún museo. Eso agrega prestigio a una trayectoria, pero yo creo que la comunidad se tiene que organizar y apoyar al MOCA y darse cuenta de que este museo ofrece cosas diferentes a las de un museo de colección. Este es un museo que presenta el mundo como está, lo cuestiona, lo debate y lo proyecta, y eso es muy importante.

P: ¿Usted ha dicho que se siente bicultural, cómo traduce esa biculturalidad en MOCA?

R: Sí soy bicultural porque soy ciudadana norteamericana. Tengo más de 20 años en este país. Yo siento que me manejo en inglés y español, entiendo perfectamente los procesos culturales de este país. ¿Ahora, cómo se manifiesta eso? Creo que tiene que ver hasta con la manera como yo escribo y pienso. Yo estoy como en un espacio híbrido, siempre. 

P: ¿Si MOCA Tucson fuera una obra de arte, cuál sería y por qué?

R: Mhhh, posiblemente sería una obra de Gordon Matta-Clark. Era un artista bicultural, hijo del chileno Roberto Matta y de una artista norteamericana surrealista. ¿Por qué? Porque la arquitectura del MOCA es muy importante y él fue un gran crítico y reinventor de la arquitectura en el arte.

P: ¿Y si pudiera invitar a un artista vivo o muerto a cenar a Tucson?

R: Coco Fusco. Me parece que es una persona que hay que invitar acá porque ella entiende los mecanismos del poder, y en la frontera estos mecanismos van a ser muy interesantes de ser leídos y discutidos por ella, que es una intelectual pública y una latinex importante a nivel nacional.

P: ¿Y qué obra de arte te hizo cambiar de opinión sobre algo importante en tu vida?

R: Una danza de Trisha Brown, cuando ella trepó las paredes de un museo con sus bailarines en Nueva York. Ella desafió la ley de la gravedad. Uno puede desafiar el cuerpo, uno puede hacer lo que quiera cuando alguien quiere generar una poética del espacio y del tiempo.

P: Venías buscando tranquilidad de Nueva York a Tucson ¿la encontraste?

R: No, porque tengo mucho trabajo —y suelta una carcajada larga—. “Esa paz no llegó, pero bueno…a veces logro ir al Sabino Canyon.

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Beatriz Limón es una periodista independiente que fue corresponsal en Arizona y Nuevo México de la Agencia Internacional de Noticias EFE. Licenciada en Ciencias de la Comunicación, fotógrafa profesional...