Elma Correa cree que la literatura parte de una pregunta persistente sobre la experiencia de las mujeres en un mundo que, a veces, parece rechazar su existencia. A partir de esa idea, su libro “Donde Termina el Verano” explora las relaciones entre mujeres, cómo enfrentan la hostilidad y si, en el proceso, logran tejer redes de cuidado y comunidad.
“Me interesa la experiencia de las mujeres en un mundo que parece que nos odia todo el tiempo, que parece que no le gusta que existamos”, dice Correa. “Me interesa explorar las relaciones que tenemos entre nosotras”.
Una tarde de abril, la escritora originaria de Mexicali habla en un panel sobre su obra ganadora del Premio Biblioteca Breve 2026. Habló ante una audiencia de más de 200 personas en la Feria Internacional del Libro de la Universidad Autónoma de Baja California.
El premio literario reconoce novelas inéditas en español y busca apoyar a autores emergentes. A lo largo de su historia, se ha convertido en una plataforma clave para la literatura contemporánea en español y en un puente cultural entre España y América Latina.

Credit: Monserrat Gaytán
El libro de Correa explora la amistad, la culpa y el dolor a lo largo de la frontera entre México y Estados Unidos, donde la infancia de dos niñas queda marcada para siempre.
“Es una historia que me encanta. Es una historia que me atraviesa”, dice Correa, con una sonrisa que revela dos hoyuelos en su rostro canela. Su abundante cabellera contrasta con unos ojos pequeños, incisivos y brillantes. Luego, aclara: “No es mi vida. Nada de lo que escribo tiene que ver conmigo directamente”.
Correa suelta una carcajada aguda antes de hablar con franqueza sobre sus historias: “Soy una mentirosa profesional. Es una de mis actividades favoritas: engañar y mentir”.
Ella insiste en que los temas de su escritura le importan profundamente: “Las cosas que más me interesan en el mundo son las mujeres, las morras, mis amigas”.

Correa encadena sus pensamientos con la fuerza de una ametralladora: “¿Realmente tejemos redes y hacemos comunidad y nos cuidamos las unas a las otras? ¿O no?
¿Cuándo sucede eso, cómo es que sucede y por qué sucede?
¿Y por qué es tan genial que suceda?
Y cuando no ocurre, ¿por qué no ocurre?
¿Por qué es tan trágico y tremendo que no ocurra?”.
Luego, sin soltar ese hilo, añade: “Eso es lo que me interesa. Me atormenta. Me persigue y me obsesiona. Muchos de mis cuentos antes de esta novela trataban sobre eso, y ahora esta novela simplemente lo extiende y lo desborda a través de la forma de la novela”.
Correa habló con Arizona Luminaria y dice que lo más importante de “Donde Termina el Verano” es la novela misma.
La autora no tiene reservas al hablar de su vida, pues se considera “muy hablantina”, aunque quiere que los lectores entiendan que su novela no es autobiográfica.
Correa guarda silencio, como si ordenara sus pensamientos, luego, dice: “Creo que en el mundo hay muchas cosas mal y existen unas estructuras que impiden que todos los que no somos un hombre blanco heterosexual avancemos alguna casilla en el Monopolio (el juego) de la vida.
“Creo que las mujeres y las disidencias y las personas racializadas y en los contextos fronterizos/transfronterizos, los migrantes, todos los que entramos en esas categorías hemos sido históricamente subordinados. Todo eso forma parte de mi discurso siempre porque lo creo de verdad”.

Credit: Monserrat Gaytán
Correa está fascinada con el hecho de que el escenario de su novela sea la colonia Alamitos, el lugar donde creció, un barrio obrero y polvoriento en las afueras de Mexicali.
“Puro ‘ABC Barrio Cadáver’, ese es mi código postal”, dice entre risas, refiriéndose al argot cultural de los cholos del barrio. Recuerda los grafitis con esas leyendas en las bardas de su infancia.
“Me encanta que la Alamitos haya llegado tan lejos, nunca me lo hubiera imaginado, pero me parece precioso también que ahora estén leyendo sobre esa colonia en España o Argentina, o incluso en otros lugares de México”, dice.
La novela se desarrolla en ese barrio de obreros y jornaleros que cruzan la frontera todos los días para trabajar y regresan con dinero para pagar sus cuentas. Es un lugar de hambre, donde conviven familias romaníes, predicadores estadounidenses y enfermeras voluntarias que intentan ayudar a sus comunidades.
La historia sigue a Aimé, pero también a Elisa, su mejor amiga. Dos niñas de 12 años creciendo.
“Es una novela que habla de la amistad entre morras, habla de cómo las morras enfrentamos este mundo terrible que nos ha tocado vivir, y habla del norte, habla de la frontera”, dice Correa.
La novela, dice, lleva una “soundtrack entretejido” de corridos de hombres, esos de “viejos panzones que salían a tomar cerveza en el barrio”. La música que escuchaba de niña.
“La detestaba, porque yo me creía muy especial, pensaba que tenía que haber nacido en Londres o en Barcelona”, recuerda entre risas. “Pero cuando crecí y maduré y comprendí, ya no hay quien me haga dejar de escuchar esos corridos de señor panzón”.
Con una mezcla de convicción y ligereza, dice: “Creo que es una historia que, si se dan la oportunidad de leerla, les resonará más allá de una historia totalmente local, porque habla de cosas humanas que tienen que ver con cómo las personas nos relacionamos o cómo reaccionamos ante ciertas cosas”.
Dice que “en algún momento” la novela se traducirá al inglés. Y agrega, riendo: “Además, es una novela que tiene gatitos”.
¿Por qué gatitos?
“Pues tienen que leerla; si te digo sería un super ‘spoiler’”.

