El Gran Lago Salado, que dio su nombre a Salt Lake City, o el Mar de Salton, puede parecer muy lejano de las extensiones sonorenses de Tucson. Pero la autora de Tucson y colaboradora de Arizona Luminaria, Caroline Tracey, dice que estos cuerpos de agua pueden enseñarnos sobre la región en la que vivimos y sobre nosotros mismos.

Esa es la idea central del nuevo libro de Tracey, “Salt Lakes”, que explora la manera en que estos cuerpos de agua han sido entendidos a lo largo de la historia, al mismo tiempo que sigue el propio camino de la autora hacia el descubrimiento de su identidad queer y el encuentro con el amor.

La historia ambiental y la narrativa personal se entrelazan con reflexiones sobre la ganadería y la literatura rusa para crear un libro que abarca tanto el paisaje interior como el exterior de la escritora radicada en Tucson.

Tras más de una década escribiendo ensayos y sosteniendo conversaciones con editores en torno a este tema, el libro de Tracey, “Salt Lakes”, fue publicado esta primavera.

Esta conversación ha sido editada por motivos de extensión y claridad.

¿Qué le gustaría que los lectores locales obtuvieran de este libro?

Este libro se llama “Salt Lakes”, obviamente, y ese título hace referencia a un tipo de formación geográfica que es como un valle cerrado, más bien una especie de cuenco o cuenca. Tenemos este tipo de formaciones en Arizona, y la más reconocible es la Playa de Willcox, que está muy cerca de Tucson. Ahí ocurre la misma dinámica que describo en otros lugares del suroeste: el agua se acumula y se concentra, y al final se forma una costra de sal. Esa es también una de las razones por las que es un lugar tan rico en vida de aves. Estos sitios crean una especie de oasis inusuales dentro del paisaje.

Caroline Tracey sits in her home office in Tucson, Arizona on June 16, 2026. / Caroline Tracey está sentada en la oficina de su casa en Tucson, Arizona, el 16 de junio de 2026. Crédito: Summer Williams.
Credit: Summer Williams

Encontré muchos conceptos que me resultaron útiles para comprender la historia, y quizá también el futuro, del oeste. Uno de ellos fue la doctrina del fideicomiso público.

Creo que la doctrina del fideicomiso público es un concepto muy importante. Es la idea de que los estados son responsables de proteger las vías fluviales dentro de sus fronteras. Su origen se remonta a la antigua Roma, donde era importante proteger las vías navegables para la navegación y el comercio. Posteriormente pasó a formar parte del derecho estadounidense a raíz de un caso judicial en Chicago relacionado con la ribera del lago Míchigan.

En California, esta doctrina evolucionó cuando se dieron cuenta de que quizá no solo debía aplicarse a la navegación y el comercio, sino también a los valores ecológicos y recreativos. Hubo un caso emblemático en el lago Mono, y la Corte Suprema del estado determinó que, en efecto, la doctrina del fideicomiso público sí era aplicable y que, de hecho, prevalecía sobre los derechos privados de uso del agua.

Se convirtió en un momento trascendental para la legislación ambiental al establecer que el bien común es algo que realmente puede prevalecer sobre los derechos privados. Sería muy interesante intentar aplicar esta doctrina para detener la instalación de centros de datos, porque creo que podría argumentarse que están vulnerando las protecciones del agua en beneficio del interés común.

¿Qué puede decirnos el futuro de los lagos salados sobre el futuro del oeste?

Los lagos salados pueden parecer anomalías en el paisaje, pero lo realmente importante de ellos es que son el punto final de muchos de los sistemas hídricos del oeste. Cuando están en malas condiciones, eso refleja el estado del resto del sistema. Aguas arriba, quizá el deterioro no sea tan evidente. Mi propia curiosidad por los lagos salados, al contemplar estos paisajes y querer aprender más sobre ellos, me llevó a investigar a fondo la historia del riego y del desvío del agua, que en realidad termina siendo la historia de cómo el oeste estadounidense fue colonizado y desarrollado para la industria y la agricultura.

Los lagos salados llevan rápidamente a plantearse preguntas mucho más amplias sobre la región.

Usted escribe sobre el papel de la Iglesia mormona en la política del agua. ¿Qué le sorprendió de esa conexión?

El capítulo sobre el Gran Lago Salado habla ampliamente de la historia del asentamiento mormón en Salt Lake City y sus alrededores. Cuando trabajaba en High Country News cubriendo temas de justicia climática, tuve una conversación con algunos colegas que decían: “Deberíamos cubrir más el tema de la religión en el oeste”. Yo ya tenía desde hacía tiempo un interés por el Gran Lago Salado.

Entonces pensé: “Bueno, me pregunto cuál es la relación entre la Iglesia mormona y el Gran Lago Salado”. Resultó ser un tema realmente interesante porque había dos grupos de activistas ambientales: uno enfocado en la educación y otro más centrado en el cabildeo y la participación política.

Creo que ellos entendían que su labor consistía en crear conciencia ambiental dentro de una cultura que no siempre promueve el activismo ambiental… Habían reconocido que existía un espacio para una voz de carácter religioso. Eso me pareció muy inspirador porque era una historia que demostraba que la gente no tiene por qué ser complaciente. Tenían un vocabulario realmente fascinante, inspirado en sus creencias religiosas y su cultura, que aplicaban a su manera de pensar sobre el paisaje que los rodeaba.

¿Cómo le ayudó pensar en la identidad queer y la ecología queer a comprender el mundo natural?

El libro combina el periodismo ambiental con la narrativa personal, y ambos elementos se entrelazan de distintas maneras y en diferentes momentos. A veces aparecen uno junto al otro y, en otras ocasiones, se cruzan entre sí. Uno de los conceptos que encontré especialmente útil fue la idea de la ecología queer, que tiene diversas aplicaciones.

Desde la perspectiva de la teoría queer aplicada a la biología, dejamos de pensar únicamente en la reproducción entre macho y hembra que nos enseñan en noveno grado y empezamos a reconocer que, en el mundo natural, existen todo tipo de formas de reproducción y de estructuras de parentesco. Yo empecé a ver eso en los lagos salados a medida que aprendía sobre ellos.

Una de las cosas de las que se habla es la resonancia entre la experiencia de las personas queer, que han sido rechazadas o aisladas por la sociedad, y la de ciertos paisajes que han vivido algo similar. Hay una vitalidad y una fertilidad en ellos que, aunque puedan ser despreciadas o pasadas por alto, están muy presentes. Solo es cuestión de saber observarlas.

Una de las cosas más extraordinarias de la experiencia queer es que la familia está donde uno la encuentra. En el mundo natural existen muchos ejemplos de distintos tipos de parentesco. Como el falaropo de Wilson, un ave que migra a través de los lagos salados. Tiene una estructura familiar muy inusual: el macho es quien cuida el nido y la hembra tiene varias parejas. Es sorprendente que en el mundo natural aceptemos la biodiversidad como un bien incuestionable, y creo que también es importante reconocer que esa diversidad de estructuras familiares es valiosa en la vida humana.

Eso me pareció muy cierto también respecto a los lagos salados. Aunque la gente diga: “Son estériles, áridos, feos y extraños”, en realidad poseen mucha belleza y una gran vitalidad. Leer teoría queer y conversar con amistades queer me abrió toda otra dimensión posible para pensar el futuro y las relaciones de parentesco.

¿Tucson aparece en este libro como un personaje no reconocido?

Cuando imagino el proceso de escribir este libro, me veo mirando por la ventana de mi escritorio hacia el patio de mi casa, aquí en Tucson.

Fue una maratón de avanzar un poco cada día. Básicamente escribía sentada en mi escritorio; no soy muy buena escribiendo en distintos lugares. Desde la ventana veía colibríes, pájaros carpinteros y toda la flora y fauna de Tucson, que realmente me acompañaron durante la escritura de este libro.

Y, para despejar la mente, vivo bastante cerca de Casa Video.

Traducción: Beatriz Limón 

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Yana Kunichoff is a reporter, documentary producer and Report For America corps member based in Tucson. She covers community resilience in Southern Arizona. Previously, she covered education for The Arizona...