La alcaldesa de Tucson, Regina Romero, recuerda haber recibido la llamada telefónica de la mujer a la que ha admirado desde que era una niña. Escucha junto a su esposo, Ruben Reyes. Su amiga y mentora, Dolores Huerta, necesita decirles lo que viene, necesita decir algo que lo cambiará todo.
“Fue un golpe muy duro”, dice Romero en voz baja. “No pudimos decir mucho. Solo pudimos decir: ‘Dolores, estamos contigo’”.
Huerta es una feminista mexicoestadounidense y un ícono chicano de los derechos laborales y civiles.
A sus casi 96 años, sigue luchando por los derechos de los trabajadores del campo, los migrantes, las latinas, los votantes estadounidenses y por las personas que son tratadas sin dignidad. Durante décadas, se organizó en los ámbitos agrícola y político junto a su compañero y co-líder del movimiento de trabajadores campesinos: César Chávez.
En los primeros años, Chávez ayudó a organizar a miles de trabajadores del campo y sus familias, en su mayoría mexicanos y filipinos, que cosechaban en condiciones laborales mortales y que se sacrificaron para protestar. Arriesgaron sus empleos y sus vidas.
Chávez ayunó, negándose a comer durante semanas, para impulsar el movimiento. Sus palabras inspiraron a trabajadores mexicanos, líderes mundiales y a muchos otros, incluidas generaciones de niños que nunca lo conocieron, muchos queriendo creer en el futuro de un Estados Unidos sin racismo, sin discriminación, sin odio.
Las enseñanzas de Chávez tenían un profundo significado para los trabajadores del campo que vivían en pobreza y sin derechos humanos básicos: “Una vez que comienza el cambio social, no puede revertirse. No se puede deseducar a quien ha aprendido a leer. No se puede humillar a quien siente orgullo. No se puede oprimir a quienes ya no tienen miedo”.
Promovió a Huerta y a muchas otras mujeres como líderes del movimiento. Ella estuvo a su lado, junto a los trabajadores del campo en California y Arizona. En Phoenix, dio origen al lema —“Sí, se puede”— que impulsaría un movimiento internacional por los derechos laborales y humanos mucho más allá de los campos, más allá de todo lo que ella misma imaginó.
Huerta logró que la voz de Chávez importara. Hasta que dejó de importar.

En marzo, United Farm Workers, fundado por Chávez y Huerta, anunció que cancelaría todas las celebraciones vinculadas a Chávez. Luego, The New York Times publicó un artículo sobre acusaciones de que Chávez abusó sexualmente de al menos dos niñas y una mujer adulta, incluyendo acusaciones de violación de una menor de 15 años.
El medio entrevistó a más de 60 personas con vínculos con Chávez e invitó al público a compartir sus experiencias.
Huerta es la mujer adulta.
Ella reveló al Times que Chávez la violó en la década de 1960, cuando ella tenía alrededor de 30 años. Dice que nunca supo de las otras personas a las que él agredió. Guardó su secreto durante tanto tiempo porque quería proteger a los trabajadores del campo, cuyos derechos humanos estaban ligados al movimiento. Hoy entiende que es una “sobreviviente de violencia, de abuso sexual, de hombres dominantes que me veían, y a otras mujeres, como propiedad o como cosas que controlar”.
Al escuchar a Huerta durante esa llamada telefónica, Romero recuerda haber contenido sus emociones.
“No quería que el movimiento resultara dañado cuando todo ocurrió”, dijo Romero a Arizona Luminaria, conteniendo las lágrimas. “No había llorado… hasta que hablé de esto públicamente en la reunión municipal y el concejo. Porque estamos muy conectados con esto —los hijos de quienes lo vivieron—. No queremos que el movimiento sea borrado”.

“Tuvimos durante tanto tiempo a líderes, Dolores y César fueron los líderes que abrieron tantas posibilidades para muchos de nosotros y lograron tantos derechos que los trabajadores del campo no tenían”, dice.
En la reunión del Concejo Municipal de Tucson del 17 de marzo, Romero habló sobre las acusaciones, llamando a la comunidad a “creer en las sobrevivientes y ayudar a sanar a todos”.
“Mis padres y otras familias trabajadoras del campo en Somerton, Arizona”, dijo, deteniéndose, tomando una profunda respiración y continuando entre lágrimas, “y en todo California y Arizona, participaron en la lucha de United Farm Workers por mejores salarios, por mejores condiciones laborales”.
“Los cambios que Chávez y United Farm Workers lograron para las familias trabajadoras del campo… fueron significativos. Nuestra familia fue beneficiaria de esos cambios”.
Recordó haber encabezado la iniciativa para crear un día festivo en la ciudad con el nombre de Chávez, con el fin de honrar la historia y el futuro del movimiento campesino. Más tarde, añadieron el nombre de Huerta al reconocimiento oficial.
Con la participación de la comunidad, dijo, la ciudad cambiará formalmente el nombre, eliminando permanentemente a Chávez del reconocimiento.
“La lucha sigue”, dijo.
“Es como estar de luto”
Innumerables mexicanos y chicanas en todo el país están luchando por reconciliar la atrocidad de un ícono conocido por la justicia, la dignidad y las protestas pacíficas. Una latina de Arizona, que aún llora la reciente muerte de su madre, se siente aliviada de que su mamá mexicana no tenga que enfrentar las noticias sobre Chávez.
Francisca Montoya tenía 15 años cuando pagó un dólar por una fotografía con el líder de los derechos de los trabajadores del campo, Chávez. Aún conserva la imagen, con su dedicatoria. En ese momento, era demasiado joven para comprender completamente su papel en el movimiento laboral y de derechos civiles latino/chicano —o cómo impactaría su propia vida.
“El movimiento me inspiró”, dice Montoya con una firmeza serena.
Para ella, la causa campesina tiene un significado profundamente personal y familiar, lo que hace más difícil reconciliar el ideal con la realidad. “Fue un shock para mi corazón, un shock para mi alma y mi espíritu”, dice, con la voz entrecortada por la emoción.
Montoya recuerda que, al leer el reportaje de The New York Times que revelaba las acusaciones de abusos pasados, las lágrimas comenzaron a correr por su rostro sin que se diera cuenta.
A sus 68 años, procesar la noticia ha sido difícil, especialmente por su cercanía con la causa. Montoya dirigió el sindicato Arizona Farm Workers Union y la Fundación César Chávez en el estado, entre otros roles de apoyo al movimiento a lo largo de su extensa trayectoria como activista.
“Todos los días me despierto pensando en esto. Me voy a dormir pensando en esto”, dice. Durante el día, la sensación regresa sin previo aviso.
“Es como estar de luto”, afirma.
Una vida marcada por la causa campesina
Al amanecer, María García Montoya y su hija Francisca caminaban entre los surcos de los campos en Arizona. Con sus manos, sacaban cebollas medio enterradas de la tierra, cortaban los tallos, las limpiaban y llenaban un saco que se pagaba a 25 centavos.
Francisca comenzó a trabajar en la cosecha de cebolla a los 12 años. Por las mañanas, antes de ir a la escuela, trabajaba dos horas. Luego regresaba a casa para bañarse y asistir a clases. Por la tarde, después de la escuela, volvía al campo por otras dos horas.
María se unió al boicot de la uva de United Farm Workers of America (UFW) en la década de 1960 en Arizona, junto con otros trabajadores del campo en California. Protestaba afuera de las tiendas Safeway durante el boicot internacional, asistía a reuniones de organización y ayudaba a preparar comida en el Santa Rita Hall de Phoenix para los voluntarios que apoyaban a Chávez durante su ayuno.

Comenzó su ayuno de 24 días el 11 de mayo de 1972, el mismo día en que la Legislatura de Arizona aprobó una ley que limitaba los derechos de los trabajadores agrícolas sindicalizados.
Cada noche, voluntarios y trabajadores del campo —incluidas María y Francisca— se reunían en Santa Rita, en el vecindario predominantemente mexicano conocido como “El Campito”, para organizarse contra la aprobación de la Ley 2134, que prohibía los boicots y las huelgas durante la temporada de cosecha.
Huerta estaba en el salón, liderando la protesta pacífica.
“Había gente que decía que no podíamos cambiar Arizona. Yo les dije: ‘¡Sí, se puede!’”, recordó Huerta en 2022 en Santa Rita, durante el 50 aniversario del ayuno.
Huerta ha compartido la historia del icónico lema campesino “Sí, se puede”, que ella acuñó y que más tarde fue adoptado por presidentes, organizadores políticos, de inmigración y laborales, así como por generaciones de latinos en todo el país.
“César estaba en ayuno. Teníamos una misa cada noche y un mitin cada noche”, dijo en un artículo de The Arizona Republic en 2014. “Me reunía con latinos en Arizona del ámbito político y profesional, pidiéndoles que se unieran a nosotros”.
Huerta suplicó su apoyo para combatir la ley.
“Seguían diciendo: ‘En Arizona, no. No se puede. No se puede’”, recordó. “Mi respuesta espontánea fue: ‘Sí, se puede. Sí, se puede’”.
Huerta ha dicho que no se dio cuenta del poder de esas palabras hasta que estuvo junto a Chávez y con organizadores comunitarios en Santa Rita. “Estaba dando mi informe sobre nuestro trabajo de organización”, dijo.
Repitió las tres palabras. La sala estalló en aplausos: “¡Sí, se puede! ¡Sí, se puede!”. “Se convirtió en el corazón de nuestra campaña”, afirmó.
Chávez y Huerta fundaron la National Farm Workers Association, que más tarde unió fuerzas con trabajadores filipinos del Agricultural Workers Organizing Committee para convertirse en el sindicato United Farm Workers. Con el tiempo, los trabajadores del campo, predominantemente mexicoamericanos y filipinos, lograron mejores salarios y condiciones laborales. Chávez murió en 1993 en San Luis, un pequeño pueblo fronterizo cerca de Yuma donde nació. Tenía 66 años.
La mente de Francisca encuentra algo de alivio al saber que su madre, María, no vivió para ver al líder de derechos humanos al que respetaron durante tantos años, ahora rodeado de acusaciones de abuso sexual y violación.
“Es muy triste, porque pienso en mi madre”, dice, con la voz entrecortada. “Si fue difícil para mí, habría sido aún más difícil para ella”, añade en voz baja.

Francisca nació en Burley, Idaho, en la década de 1950, en una época en la que las mujeres tenían pocos derechos y poco respeto. Piensa en las mujeres y niñas que esperaron años para compartir sus historias sobre lo que Chávez les hizo.
“En este momento, debemos reconocer y creer a las mujeres que tuvieron el valor de hablar sobre el abuso sexual que sufrieron, y mostrarles compasión”, dice, añadiendo la necesidad de reconocer los sacrificios que Huerta hizo a lo largo del movimiento. “Es una carga muy pesada”.
“Creo que lo que sigue es un diálogo sobre lo que las mujeres guardan en silencio en beneficio de la comunidad”, dice.
El momento, en un año electoral, en medio de las operaciones del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos durante la administración Trump, dirigidas a inmigrantes y comunidades latinas en todo el país, intensifica la situación. “El debate ya está abierto y está dividiendo a críticos, partidarios y antiguos detractores”.
Pase lo que pase, quiere dejar algo claro: “El movimiento no pertenece a un solo hombre, sino a miles de trabajadores que lucharon por la causa”.
Recuerda una marcha de cuatro días en 1966 que reunió a miles de personas, una cifra extraordinaria en ese momento. “Mi madre marchó los cuatro días”.
La marcha comenzó un jueves de Avondale a Tolleson, continuó el viernes hasta El Mirage y el sábado, cuando Francisca finalmente pudo unirse, avanzó de El Mirage a Glendale. Terminó el domingo en el capitolio estatal.
“Éramos 15,000”, dice. “Este movimiento siempre ha pertenecido a todos”.
El movimiento
Francisca es ahora directora de alianzas estratégicas en Raza Development Fund. Observa cómo ciudades y estados en todo el país debaten el futuro de espacios y conmemoraciones que llevan el nombre de Chávez en honor a los trabajadores del campo y a los movimientos de derechos civiles latino/chicano.
“Fue reconocido por una razón específica, no necesariamente la persona, sino lo que esa persona representaba: ese movimiento”, dice.
“Esto tiene que seguir adelante”, afirma. “En algunos casos, quizá el nombre de César Chávez debería cambiarse por el de Dolores Huerta”.

Otra opción, añade, “es cambiarlo de César Chávez a Día de los Trabajadores del Campo”.
¿Cambiarlo todo sería una tarea grande?
“¡Dios mío!”, exclama. “Estas cosas no ocurren fácilmente —hay que luchar y defenderlas de manera constante”.
Tantas escuelas, tantas calles, tantos parques.
“Todo. Pero con la misma pasión con la que la gente luchó para nombrarlos, tienen que defenderlo”, dice.
Últimamente, ha pasado sus días tratando de encontrar sentido para ella misma y para otros organizadores mexicanos. “Me aferro al recuerdo de la inspiración, porque creo que para construir un movimiento, hay que inspirar a la gente”.
La gente tiene “absolutamente” el derecho de sentirse traicionada por Chávez, dice. Cuando Francisca era joven en el movimiento, había una frase que la sostenía: “Ánimo, raza”.
Hoy, recordando ese lema, envía un mensaje familiar: “Nosotros podemos”.

Día de Dolores Huerta
El martes 24 de marzo, Romero cambió el nombre del Día de César Chávez de la ciudad de Tucson a Día de Dolores Huerta.
Adam Sarvana, director de comunicaciones y participación comunitaria de la oficina de la alcaldesa, dijo a Arizona Luminaria que el cambio es “una medida por ahora, mientras se llevan a cabo conversaciones a más largo plazo con la comunidad y la coalición”.
La decisión se da en un contexto en el que escuelas, ciudades y estados se apresuran a eliminar el nombre de Chávez de días festivos, marquesinas, monumentos y más. Funcionarios de Tucson también planean discutir los homenajes locales existentes e incluirán un proceso de consulta pública para recopilar opiniones. La ciudad retiró una estatua de bronce de Chávez después de que fuera vandalizada con pintura roja en la cabeza, el rostro y el cuello. El condado de Pima está considerando políticas y próximos pasos para identificar y eliminar el nombre de Chávez de las conmemoraciones gubernamentales.
California fue el primer estado en crear el Día de Chávez hace más de dos décadas. El jueves 26 de marzo, legisladores de California aprobaron por unanimidad un proyecto de ley para renombrar la festividad como Día de los Trabajadores del Campo. Las ciudades de Phoenix y San Luis cambiaron el reconocimiento a Día de los Trabajadores del Campo. Tempe lo renombró como Día de las Mujeres Trabajadoras del Campo.
El 30 de marzo, un grupo bipartidista de legisladores envió a la gobernadora demócrata Katie Hobbs un proyecto de ley para eliminar por completo la festividad.
Los demócratas que respaldaron el proyecto dijeron que los republicanos, que controlan la Legislatura estatal, se negaron a renombrar la festividad en honor a los trabajadores del campo que arriesgaron sus empleos y sus vidas en protestas pacíficas para asegurar mejores condiciones laborales y derechos para quienes trabajan en los campos de Estados Unidos cosechando alimentos que alimentan a la nación.
El 1 de abril, Hobbs firmó el proyecto de ley sin ningún nuevo reconocimiento formal al movimiento campesino. “Estoy increíblemente agradecida con nuestros trabajadores del campo. Su resiliencia es evidente en los campos de lechuga de Yuma y en los huertos de naranjas de Mesa”, añadió en su declaración.

Huerta dijo que está compartiendo su historia ahora porque los reporteros de The New York Times le hicieron saber que había más víctimas. “El saber que dañó a niñas me enferma. Me duele el corazón por todas las personas que sufrieron solas y en silencio durante años. No hay palabras lo suficientemente fuertes para condenar esas acciones deplorables que cometió. Las acciones de César no reflejan los valores de nuestra comunidad ni de nuestro movimiento.
Algunas mujeres que trabajaron o fueron voluntarias con Chávez dijeron a The New York Times que él nunca intentó tener ninguna relación sexual con ellas. Una lo describió como un mentor que le brindó apoyo y le enseñó sobre la no violencia.
El movimiento campesino siempre ha sido más grande y mucho más importante que cualquier individuo. Las acciones de César no disminuyen los logros permanentes alcanzados para los trabajadores del campo con la ayuda de miles de personas. Debemos seguir participando y apoyando a nuestra comunidad, que necesita defensa y activismo ahora más que nunca.”
Romero se enfoca en cómo avanzar sin olvidar el pasado.
“Hasta el día de hoy, 60 años después, estoy segura de que ella no quiere que ese movimiento sea borrado”, dijo a Arizona Luminaria, refiriéndose a Huerta.

Romero quiere convocar una reunión de la coalición para la marcha y el mitin anual, con el fin de escuchar a los organizadores. “No voy a tomar una decisión apresurada, irracional y sin control en cuanto al nombre a largo plazo”, dice.
Romero recuerda los primeros años, hace más de dos décadas, cuando su comunidad tuvo que luchar por el reconocimiento formal en Tucson del movimiento campesino.
“Yo estuve ahí cuando la coalición comenzó”, dice. Romero empieza a llorar. Se queda en silencio. Cuando puede hablar de nuevo, se enfoca en quienes cargan con el peso del abuso.
“Me duele mucho por Dolores y por las víctimas. Es algo muy chicano, muy latino, guardar esto por tanto tiempo”, dice entre lágrimas. “La responsabilidad hacia la familia, hacia la unidad. Para Dolores, era el movimiento. Como víctima, cargas con esa responsabilidad”.
Tomando aire, Romero continúa: “Esto trae tantas emociones, tantas emociones encontradas. Por las víctimas, por el abuso sexual y la violencia que ocurrió”.
“¿Qué va a pasar?”
El esposo de Romero, Rubén, tuvo que llamar a sus padres para decirles lo que venía. Al igual que los padres de Romero, tanto su madre como su padre estuvieron involucrados en el movimiento campesino, participando en protestas y organizando reuniones.
“Mi suegra no lo podía creer. Decía: ‘No, esto no puede ser cierto’”, cuenta Romero. “Mi suegro solo hacía preguntas: ‘¿Esto va a borrar todo?’”.
Su suegra también buscaba respuestas: “¿Qué va a pasar? ¿Qué va a pasar?”.
Romero dice que su esposo evitó darles falsas esperanzas. “Mamá, todos estamos sufriendo. Regina está muy mal. Vamos a ver qué pasa”.
Romero no tiene respuestas. Quiere que la gente recuerde que culpar a las víctimas o a cualquier mujer que ha vivido violencia sexual solo añade más violencia.
“Muchas de nosotras, hay tantas mujeres que han pasado por sexo forzado y violación, y esos sentimientos de: ‘Sabemos’”, dice sobre las sobrevivientes que reviven el trauma.
A quienes preguntan por qué Huerta esperó décadas para contar su propio abuso, Romero ofrece empatía.
“Si no has pasado por la experiencia, nadie sabe por qué. Hay muchas razones por las que las víctimas deciden no hablar”, dice.
Comparte las últimas palabras que Huerta le dijo por teléfono: “Dijo: ‘Vamos a tener que sanar’”.
Rendirse no es una opción, afirma. No cuando hay demasiadas personas sufriendo en las comunidades latinas e inmigrantes. “Tenemos que seguir, no podemos descartar el trabajo. Seguimos impulsando los derechos de los trabajadores, los derechos de los inmigrantes, hay mucho trabajo por hacer”.
El camino hacia adelante de Romero se centra en la próxima generación. Piensa en sus propios hijos adolescentes.
“Este momento es para enseñar a nuestros hijos”, dice. “Tengo que aprovechar esta oportunidad para decirles a ella y a él que esto no está bien, que tenemos que hablar de esto. Y al mismo tiempo, no podemos olvidar que esto (el movimiento) es la historia de sus abuelos, que es la historia de sus padres y que es parte de ustedes. Esto es parte de quiénes son. Y nada va a quitarle eso a nuestros hijos y a nuestra comunidad”.
Muchos, ligados al movimiento campesino o formados en su orgullo, se sienten hoy destrozados.
“Sabes cuando la tierra te sacude, nos saca de nuestro eje. Así se sintió. Nos sacó de nuestro eje. Pero regresamos y seguimos el camino”, dice.
Está bien llorar, añade. “Me he derrumbado cada vez que he hablado de esto”.

Credit: Beatriz Limón.
“Lo que quiero que la comunidad sepa es que esto no borra la historia del movimiento chicano, la historia del movimiento campesino. Esto no va a borrar quiénes somos ni la lucha que, de una u otra forma, hemos atravesado juntos. Miles y miles y miles de familias en todo el país, y en Arizona y California”.
El movimiento cambió la vida de Romero. Y no es la única.
“Una niña como yo, cuyos padres emigraron de México, que trabajaron en el campo, que fui la primera en ir a la universidad,en graduarse y en votar. Mi experiencia no es única, somos miles. Y también quienes quizá no tuvieron padres trabajadores del campo, pero sentían tanto orgullo”.
Quiere que la gente se mantenga firme.
“Esto no fue en vano. La historia está ahí y el cambio que el movimiento logró para las familias sigue ahí. Nosotros fuimos beneficiarios, y muchos de nuestros vecinos en Somerton y en California también lo fueron —para bien”, dice.
“Tal vez un nombre, tal vez un ícono será retirado de nuestras paredes. Será retirado de murales. Será retirado de días festivos. Pero el movimiento no va a ser borrado. Eso es algo que yo, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, debemos seguir llevando adelante”.

“Recuérdenlo por el hombre que no fue”
A pesar de una temperatura récord de 102 grados, el sábado 21 de marzo, familias en el Parque Rudy García, en el sur de Tucson, se reúnen para celebrar juntas en la Feria de la Comunidad y la Unidad Laboral, antes conocida como la Marcha y Manifestación de César Chávez y Dolores Huerta.
Eva Carrillo Dong, coorganizadora del evento, recuerda haber tenido que apresurarse para decidir si continuar con el mitin tras conocerse las acusaciones de agresión sexual contra Chávez. Después de una larga conversación con la copresidenta Martha Reyes y miembros de la coalición, cancelaron la marcha anual y mantuvieron el mitin, ya con nuevo nombre.
“Esta parte siempre ha sido sobre nuestra comunidad. Una plataforma para nuestra comunidad. Un micrófono para nuestra comunidad, para que puedan venir y hablar sobre lo que está pasando en sus vidas”, dice Carrillo Dong.
Es importante que los participantes en el mitin continúen educándose entre sí y trabajando juntos, señala. También es fundamental que los jóvenes tengan un espacio seguro para alzar la voz, añade.
Alrededor de una cancha de baloncesto hay cerca de una docena de mesas de organizaciones, cada una con su propia carpa. Miembros de la rama de Tucson del Partido por el Socialismo y la Liberación, Living United for Change in Arizona, el Southside Workers Center y varios sindicatos comparten información entre ellos y con miembros de la comunidad que poco a poco llegan al evento.
A lo largo de la mañana, políticos locales, organizadores laborales y otros líderes comunitarios comparten parte del trabajo que están realizando. Entre los oradores, los asistentes disfrutan presentaciones de baile folklórico y mariachi mientras comen raspados, Tostilocos y otros antojitos de los camiones de comida o del paletero que recorre el lugar haciendo sonar una campana colgada de su carrito.
A Todo Folklor: Mujeres en Crecimiento, un grupo de danza folklórica conformado por mujeres, da inicio a las actividades culturales. Las personas buscan sombra y asiento bajo una carpa para espectadores mientras estudiantes de la escuela Sierra K-8 interpretan musica de mariachi y bailan folklórico. Ocho niñas agitan sus coloridas faldas en círculos. Giran al unísono. Marcan el ritmo con los pies al compás del mariachi, con el maquillaje brillando en sus rostros mientras bailan bajo el intenso sol.

En una esquina al fondo, lo más alejada del escenario, Jessica Ramírez, estudiante de último año de Pueblo High School y presidenta de MEChA, o Movimiento Estudiantil Chicanx de Aztlán, dobla una pila de mini revistas que ella misma hizo, con información y actualizaciones sobre la organización estudiantil y sobre los derechos de las personas.
Coloca los fanzines junto a camisetas azul marino de Pueblo MEChA, como la que lleva puesta, con palabras recortadas en un diseño de papel picado color azul claro.
Su madre está a su lado, también con una camiseta de Pueblo MEChA, hablando con quienes visitan su mesa. Les entrega pulseras con el número de respuesta rápida entretejido en el hilo, rodeado de cuentas de colores. Sobre la mesa hay silbatos, tarjetas rojas de “conoce tus derechos”, tarjetas naranjas con el número de Rapid Response Tucson y otra información sobre cómo las personas pueden protegerse a sí mismas y a sus vecinos en caso de una redada de ICE.
Ramírez se aparta el cabello negro y morado del rostro y coloca las manos detrás de la espalda. Reflexiona sobre cómo seguir adelante como joven líder después de conocer las acusaciones contra Chávez.
“Creo que es muy importante que recordemos que este movimiento fue más que solo César Chávez”, dice la adolescente. “Quiero decir, aquí estamos honrando a los trabajadores del campo que lucharon junto a él e incluso a las personas cuyos nombres no recordamos. Hubo miles de personas involucradas. No podemos permitir que este hombre sea la representación”.
Espera que ver a Huerta alzar la voz inspire a otras mujeres a hablar si experimentan o presencian injusticias o abusos.
“Creo que también deberíamos construir movimientos que no pongan a las mujeres en esta situación y que promuevan la liberación de las mujeres”, dice Ramírez. “Porque si queremos la liberación para todos, para la comunidad mexicoamericana, necesitamos respetar a las mujeres”.
Isis Morales es la vicepresidenta del club EGST de Pima Community College, que se enfoca en promover la diversidad cultural y cursos como Historia y Cultura Tohono O’odham, Historia y Cultura del Pueblo Yaqui, Cultura Mexicoamericana, La Chicana y Estudios de Género y de la Mujer.
Morales dice que la noticia de que Chávez es acusado de abusar sexualmente de mujeres y menores es “desgarradora”, especialmente porque muchos jóvenes líderes mexicoamericanos lo admiraban.
“Al final del día, siento que deberíamos recordarlo por el hombre que no fue. Porque las historias de las víctimas son reales. Me alegra que ahora tengan la oportunidad de salir a la luz”, dice.
Morales es la menor de siete hermanos. Fue criada por su hermano y su hermana mayores. Lleva un collar con la foto de su hermana Jessica, quien murió hace unos dos años. “Va conmigo a todas partes”, dice.
Crecer con tantos hermanos le dio a Morales un fuerte sentido de familia y comunidad. Es una de las razones por las que ha asumido un rol de liderazgo local, dedicando tiempo a conocer gente y a organizar.
“Esto siempre ha sido más grande que César Chávez. Se trata de los trabajadores del campo que perdieron la vida”, dice.
“Es a ellos a quienes estamos honrando hoy, a los trabajadores del campo que pasaron incontables horas afuera luchando por la causa, luchando por los derechos de los mexicoamericanos, luchando por sus derechos como trabajadores, y realmente exponiéndose en esas líneas”.
Una activista de 12 años: “Este movimiento todavía puede”
Martha Reyes ha llevado a su hija de 12 años, Dacia Reyes, a eventos comunitarios, marchas y manifestaciones desde que era una niña pequeña.
Reyes es copresidenta de la coalición que organizó el mitin anual y organizadora con Jobs for Justice. Dice que su primera reacción fue cancelar todos los eventos relacionados con el feriado de César Chávez en Arizona. Pero después de escuchar a varias personas, incluidos miembros de su propia coalición y otros en redes sociales, decir que el movimiento es más grande que Chávez, estuvo de acuerdo en que era importante seguir reuniéndose para celebrar el movimiento.
“Nosotros somos el movimiento. Nosotros somos los que luchamos. Por ese movimiento, tenemos sindicatos que están apoyando a las personas del campo”.

Reyes dice que la gente debe creerles a las víctimas. Señala que ella misma ha pasado por una situación similar dentro de su propia familia, y que ha visto a otros desestimar acusaciones porque no coinciden con la imagen que tienen de la persona señalada.
“La gente, los que ponemos de líderes, no son dioses. Son seres humanos y cometen errores, unos peores que los otros, unos más feos que los otros, pero igual errores. No debemos de poner a una sola persona en un pedestal”.
Reyes dice que intenta enseñar a su hija preadolescente a alzar la voz siempre que alguien la haga sentir incómoda.
“Tu voz es lo más importante que tienes”, dice. Reyes mira a su hija mientras habla, recordándole la lección que le ha enseñado repetidamente a lo largo de los años.
“Alza la voz, siempre, siempre, siempre. No importa quién sea, si lo conocemos o no. Es muy importante para nosotras, especialmente como mujeres, aprender a decir las cosas como son. Decir: ‘Ok, esta persona me está molestando. No me siento cómoda. Voy a hablar con un adulto o con alguien mayor que yo’”.
Dacia Reyes dice que para ella fue sorprendente y a la vez triste enterarse de que Huerta guardó su dolor durante tanto tiempo. Al igual que su madre, aconseja a las personas que encuentren a alguien en quien puedan confiar si atraviesan una experiencia traumática similar.
La niña de 12 años sigue impulsando el cambio.
“Siento que este movimiento todavía puede. Puede seguir pasando. Puede continuar. Simplemente falta una persona entre todas las que nos han apoyado”, dice.
Romero está de pie en el escenario frente a la multitud. Asegura a los presentes en el mitin que las acusaciones contra Chávez no romperán el apoyo de Tucson a los movimientos campesino y laboral.
“Asegurémonos de avanzar en solidaridad”, grita, alzando la voz hacia el cielo.
Romero lleva un sombrero de paja para protegerse del sol del desierto y una camiseta roja brillante con la imagen de Dolores Huerta. Sobre la imagen de su amiga y mentora de toda la vida hay una palabra en español, en mayúsculas: “RESISTIR”.
Reporteras de Arizona Luminaria, Carolina Cuéllar y Shannon Conner, contribuyeron a este artículo.


